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EL CISMA DE LA IGLESIA POSCONCILIAR – SU RUPTURA CON LA UNIDAD DE FE DE LA IGLESIA y CON LA CARIDAD QUE ES CRISTO:

LA AUTORIDAD SUPREMA DE LA IGLESIA ES CRISTO

La herejía implica TAMBIEN automáticamente el cisma. El cisma no es la simple desobediencia de necesidad a leyes impías a fin de preservar la Unidad de la Fe transmitida por los Apóstoles, sino que requiere de desobediencia impía y de rebelión. No es el caso de la Fraternidad

EL CONCILIO “PASTORAL” DICTATORIAL, VERDADERA CONSPIRACION CONTRA LA ORTODOXIA

El Papa Juan XXIII, de quien se afirmó durante el Reinado de Pío XII que era masón, y cuya elección fue considerada sotto voce como dudosa o ilegítima (¿presiones sobre los electores? ¿sospecha de su pertenencia a la masonería?), había sido destituido -mucho antes de Pío XII- de su Catedra de Patrística por enseñar el Modernismo y rechazar Enciclicas de Papas anteriores.

No perdió tiempo para el armado del Concilio Vaticano II y el Nuevo Orden en la Iglesia, origen de la presente crisis de la Iglesia Católica. Una vez “adentro” del redil, con el Concilio Pastoral Vaticano II abrió la puerta del rebaño a teólogs modernistas cuyas ideas revolucionarias ya habían sido condenadas por los Papas, y a teólogos de otras religiones; invitó a participar a muchos enemigos de la Iglesia de culto protestante, a representantes de logias y del Sanedrín, quienes se sentaron como Caifás a instaurar el Nuevo Orden y a juzgar lo que estaba fuera de todo juicio, como lo es la Enseñanza perenne de la Iglesia. El cometido era licuar la Religión Católica y pretender la igualdad religiosa para no ofender el falso ecumenismo ni la buscada unión con las religiones falsas, sino también poner al hombre en el lugar de Dios y pavimentar el camino para su fusión en una Religión Universal que no puede ser presidida sino por Satanás, lo cual hoy es patente a los ojos del mundo como Nuevo Orden Mundial.

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EL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTA

Rápidamente Juan XXXIII fue haciendo sus jugadas; cambió las piezas cardenalicias necesarias, hizo excelente uso del respeto y del temor filial de los religiosos y del pueblo fiel; y de la sorpresa; blindó la revolución ya desencadenada, calló el mensaje de Fátima, demonizó a los que vieron con toda claridad su plan y lo denunciaron antes del Concilio, durante el nefasto Concilio y después. La masa de los revolucionarios tendría que esperar décadas para regodearse obscenamente del triunfo de su revolución herético-cismática, que rompió de una vez y para siempre con la Tradición bimilenaria de la Iglesia, la Unidad de la Fe, y la autoridad bimilenaria doctrinal y moral de la propia Iglesia, Madre y Maestra inerrable; autoridad a la cual debería plegarse la jerarquía. Hoy sin tapujo alguno vemos festejar el “triunfo” de la Revolución modernista con una estampida multicolor sacrílega y blasfema profanando el propio Vaticano en 2026. Y quien la permitió y con ello concede, es el propio Vicario de Cristo. A semejante “autoridad” desunida de la Autoridad de Cristo a quien se ultrajó con semejante espectáculo, de la Iglesia y de la Unidad de Fe le parece que tiene autoridad para excomulgar tradicionalistas, por el solo acto de su boca.

EL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTA
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En el medio de este proceso permaneció cautiva la gran masa de los católicos, rehenes de los cambios o que actuaron, quizás, de buena fe. Y muchos que ignoran su propia Fe aún tratan de justificar esta revolución contra el orden divino en la Iglesia y en la sociedad.

La orientación doctrinal y pastoral liberal posconciliar distorsionó la doctrina y cambio la Liturgia, con lo cual negó la autoridad de Cristo sobre su propia Iglesia, negó la enseñanza de los Apóstoles, especialmente San Pablo, niega en los hechos la autoridad del Evangelio y de la autoridad de la propia Iglesia inmutable cuyas enseñanzas no pueden errar. Esto constituye, junto a la nueva misa modernista y sus abusos, una perpetua afrenta a la Majestad de Dios y una ruptura con la Caridad suprema de salvar las almas.

Uno tras otro los Papas modernistas títeres de un movimiento que obraba a las sombras fueron asegurando la revolución, esa ruptura con la Unidad de la Fe de la Iglesia de siempre, desgarrando la túnica inconsútil de la Esposa de Cristo, faltando a la caridad que es vinculo de la unidad de la Iglesia, debilitando con su “teología” confusa -como magistralmente lo hicieron Pablo VI y Juan Pablo II-, los dogmas, la moral, la piedad. Hicieron creer que este engendro modernista era en realidad la Iglesia que “Jesus” quería fundar. Los cambios radicales fueron sorpresivos, pero pese a la naturaleza pastoral del Concilio, les imprimen desde entonces fuerza de ley.

A semejanza de Lutero y Calvino, odiadores virulentos del Santo Sacrificio del Altar y de la Santisima Virgen, los maestres de la revolución modernista en la Iglesia consideraron que la Santa Misa era el gran escollo al cambio de Fe y al ecumenismo. Para acabar con el escollo de la Misa se eligió a Pablo VI, continuador del Concilio Pastoral, para verdugo de la Santa Misa canonizada hasta el fin de los tiempos. Con la implementación de la nueva Misa modernista y protestantizada (fabricada por el masón Bugnini y varios “expertos” herejes protestantes y auténticamente cismáticos) pocos años después de concluido el Concilio, Pablo VI logró apagar de a poco el pulmotor que mantenía la vida sacramental de la Iglesia, ayudado por hordas de religiosos y teólogos que desde hacía décadas preparaban la nueva teología y la nueva liturgia, y habían venido infiltrando todas las estructuras de la Iglesia desde antes de la muerte del Papa Pio X. A ello siguieron poco después los cambios en los rituales de exorcismo, de Ordenación Sacerdotal, de Consagración Episcopal, del Bautismo y de la extremaunción, sin dejar fuera de la langosta modernista al propio Padrenuestro que Cristo había dictado a sus Apóstoles antes de ser entregado al Sanedrin.

EL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTA

A la nueva Misa de 1969-70, de cara al hombre, para quien ahora está destinada, la acompañó una virulenta furia iconoclasta que profanó cuanta iglesia y capilla conservadora y digna halló, demoliendo imágenes, arrancando Crucifijos, picando los altares. Desolados feligreses vieron cómo sobre aquellos altares de capillas de pueblos y catedrales de ciudades, que sus abuelos con sus manos, con sacrificio y con limosnas habían hecho construir, se trepaban energúmenos de martillo y maza para reducirlos a escombros.

Y se instaló en la jerarquía un severo Tribunal de estilo calvinista, que al igual que Lutero, -archi hereje irredento que atacó la institución divina del Papado y el derecho de la Iglesia a enseñar, y ante el que vergonzosamente se prosternaron desde JP II hasta Francisco, pasando por Benedicto-, combatió a todo aquel que se resistiera a la revolución o que defendiera las verdades de Fe frente a la reinterpretación conciliar modernista heterodoxa de las enseñanzas de la Iglesia.

En pocos años, todo el edificio doctrinal y litúrgico de la Iglesia quedó demolido y transformado en la Religión del hombre. Sin haber límites al cambio, Juan Pablo II enmendó el Rosario dado por la Santísima Virgen, quitando el segundo día de los Misterios Gozosos para entregar aquellos que sean más acordes al humanismo feliz. Puede decirse, especialmente de JP II, que su fe en Dios era dudosa, pues fue el que más exaltó al hombre, junto con Pablo VI y Francisco I, incluso poniendo en duda la realidad del Infierno. Su beso al libro del Corán, fue un acto herético por antonomasia, al rendir culto público a una falsa religión. Y eso ¿no fue, por lo mismo, un acto cismático, como lo fue la colocación y culto a la Pachamama, o el ídolo budista en el altar de San Francisco para cumplir con la desolación en el lugar Santo?... Es claramente una desviación pública de la Fe hacia un culto falso…

“¿Cómo un sucesor de Pedro ha podido en tan poco tiempo causar más males a la Iglesia que la revolución de 1789… la más radical, rápida y generalizada en su historia – algo que ningún heresiarca jamás ha logrado?… ¿Tenemos realmente un papa o un intruso en la Sede de Pedro?”

Imagen pagana de Buda en el altar de Asís en la reunion sincretista con JPII

Imagen pagana de Buda en el altar de Asís en la reunion sincretista con JPII

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EL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTA
EL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTAEL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTA

LA PERSECUCIÓN DE QUIENES NO SE PLEGARON A LA RUPTURA CISMÁTICA DE LA UNIDAD DE LA FE y A LOS ABUSOS LITÚRGICOS - LA CAMPAÑA DEL MIEDO

Sus tácticas rompen hasta hoy con la caridad necesaria para la unidad de la Iglesia y tienen por objeto sofocar toda voz que se oponga a la heterodoxia conciliar: censura, amenazas, castigo, supresión

Y comenzó en los años 70 la persecución al rebaño que buscaba tan solo sostenerse en pie, fiel a las enseñanzas y la liturgia y la Fe de siempre. Y la persecución fue encarnizada, humillante y dolorosa a partir de esos años. Ver la tristeza e impotencia de sacerdotes fieles a la Iglesia de siempre, que después de haber abandonado el mundo por seguir a Cristo, eran forzados a recitar las nuevas versiones modernistas del canon de la misa fabricada de Pablo VI (el Canon es inmutable en la Misa verdadera), para no ser denunciados por sus propios superiores modernistas; ver la impotencia de monjas ancianas ante la obligación de recortar sus hábitos, muchas de ellas escrutadas por psicólogos ateos para aggiornarlas, convencerlas de lesbianismo y mundanizarlas . El “abrir las ventanas a la Primavera de la Iglesia” de Juan XXXIII provocó la desbandada de comunidades enteras de Religiosas y el cierre de sus colegios. Los Sacerdotes fueron obligados a quitarse la sotana, o siguieron usándola descoloridas y remendadas por no querer vestirse como civiles. Se vieron Párrocos llorando obligados a permitir romper los altares de sus capillas, a entregar sus imágenes veneradas o a arrumbarlas junto con los tradicionales ornamentos sagrados en los sótanos, hechos de los cuales aún sobreviven muchos testigos. “El que no junta conmigo, desparrama…”

Numerosos religiosos fueron y siguen siendo castigados con destinos adversos; aquellos que pretendieron mantener una ortodoxia litúrgica fueron obligados a plegarse a la novedad. Miles dejaron los hábitos al percibir que ésta ya no era su Iglesia en la que habían sido bautizados. Se suprimieron (y se siguen suprimiendo) órdenes religiosas que seguían con las enseñanzas tradicionales de la iglesia si no aceptan los cambios. Se les envían hasta hoy “inspecciones” mandadas por todos estos Papas “buenos”, mediáticos y populares, antes de suprimirlas. Se rechazaron postulantes al Seminario que no aceptaron posturas morales laxas, favoreciéndose el ingreso a los seminarios de aquellos postulantes que claramente tenían posturas ambiguas respecto de la orientación sexual o eran declaradamente homosexuales. Esa política instaurada para seleccionar y preferir a los más liberales, llevó al incremento sostenido del número de abusos y escándalos morales del clero y a la masiva caída de vocaciones religiosas.

Se procuró mediante las conocidas sanciones a los Sacerdotes y religiosos tradicionalistas crear una imagen negativa y hostil de la Tradición, generando desconfianza y rechazo de los fieles hacia ella. La Jerarquía llevó la obediencia al Modernismo por encima de la obediencia a Dios y a la Fe, distorsionando los fines por los que la Iglesia fue fundada por Cristo, que es la Mayor Gloria de Dios y la salvación de las almas a Ella encomendadas.

 

NI UN PASO ATRÁS. EL CISMA MODERNISTA SE QUEDA .

El cisma implica una ruptura de la caridad. ¡Y qué ruptura de la Caridad puede ser mayor y más catastrófica que poner en peligro la salvación de las almas, fin último de la Iglesia de Cristo y culmen de la Caridad! Por eso, resulta ridículo que esta Jerarquia aplique el sentido textual de cisma a los que pertenecen por la Fe y la fidelidad a la Iglesia

La Revolución relativista modernista tuvo por objeto a corto plazo adulterar la Fe, la Liturgia y la piedad, con el fin de hacer cesar lentamente el verdadero culto al único Dios Verdadero. Su fin a largo plazo fue trasladar el culto de Dios al culto del hombre, como proclamó Pablo VI al cierre del Concilio Vaticano II; y el hombre apóstata se desliza muy fácilmente al culto a SATANAS. Enseñar y propagar una desviación del culto de Dios es herejía. Todos los cambios culturales, religiosos, que actuaron al mismo tiempo que la revolución cismática en la iglesia están orientados a favorecer ese proceso: el aborto, el divorcio, el culto de lo feo, la droga, la esclavización del hombre, la esclavización sexual de las criaturas, el avasallamiento de la inocencia en los colegios, la depravación de los actos morales, hasta avanzar a la pérdida total de los límites al mal y la pérdida de las almas. El fin es instaurar el Nuevo Orden Mundial sin Dios.

No se puede pensar inocentemente que esta revolución solo buscó dejar contentos a aquellos que detestaban el latín o preferían Mandamientos más laxos. El fin buscado es quitar a Dios de la propia religión, como las revoluciones liberales y marxistas lo quitaron de la Sociedad, de las escuelas y de la política.

 

LA MISION DE CONFESOR DE LA FE DE MONSEÑOR LEFEBVRE

Santo Tomás: “No se ama lo que no se conoce”.

“El que come mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él”

La piedra que otro David podía asestar al nuevo Goliath en el ojo era mantener la Santa Misa, y con ella, devolver a la Iglesia la Presencia Real de Cristo; para ello, debía mantenerse el Sacerdocio tradicional que aseguraría la alimentación de la almas con los verdaderos Sacramentos y la verdadera Fe, para que conociendo a Dios lo amen y se salven. Por eso, en pleno Carnaval modernista posconciliar, Pablo VI, quien nunca dejó de presumir el triunfo del Efod sobre el tabernáculo ostentándolo cada vez que podía en su pecho, prohibió universalmente decir la Misa de siempre, la de la Ultima Cena, la de los Apóstoles, los Santos y los Papas; la Misa de los mártires.

Monseñor Marcel Lefebvre surge, como Confesor de la Fe, por encargo y Voluntad de Dios; aquí, como obstáculo al control absoluto de la iglesia modernista revolucionaria cuya ruptura con la Unidad de Fe de la Iglesia y de la Caridad con las almas, comprometió la salvación de las almas. Como se lee de profetas y de Santos compelidos por el querer divino a emprender un encargo de la Providencia, Monseñor Lefebvre percibe el peso de la misión de ser enviado como cordero en medio de lobos. Ya había tenido un papel preponderante en el Concilio al defender la ortodoxia y al oponerse a las novedades peligrosas. Viéndose compelido por Dios a una empresa difícil en medio de este mundo anticristiano, queda ante todo sobrecogido de humildad, porque no hay quien se reconozca a la altura de las obras que Dios mismo emprende por medio de sus siervos fieles. Esta gravedad ante la certeza de que su responsabilidad es ir adonde Dios lo vaya dirigiendo, y atento a los mínimos signos de la Providencia que van indicando el rumbo y los pasos a seguir, no mueve a este siervo de Dios a salir con pancartas y lanzas que oscurezcan la voz de Dios; ni eleva la suya propia, ni hace declaraciones sin cesar, a fin de estar seguro de que no habla por sí mismo ni obra por su propio capricho o interpretación de la Voluntad divina. Lleva la compostura y la firmeza de quien está dispuesto a morir antes que traicionar la Voluntad de Dios. Y en el paso más inconcebible de la Caridad, acepta conversaciones con aquellos que abandonaron la Fe y le intiman a rendir su fidelidad a Cristo. Con sus fragilidades y defectos, este siervo de Dios, Confesor heroico de la Fe verdadera, se entrega a la Voluntad divina dócilmente, hablando cuando hay que hablar y callando cuando se debe callar, pero actuando según ve que es la Voluntad divina, haciendo frente a desprecios y persecusiones de propios y ajenos. La Caridad suprema de Monseñor Lefebvre de tratar de volver a la Fe a quienes lo persiguieron, anatematizaron, excomulgaron inválidamente y lo acusaron de cisma, es propia de un santo apóstol. Hoy sigue sus pasos un hijo fiel, el RP Pagliarani, cuya declaración de Fe, clara y valiente, espera verse acogida algún día, por los hombres de Iglesia que abandonaron la verdadera Fe y detentan el poder temporal en el Vaticano para castigar a sus hermanos en la Verdadera Fe integral de Cristo.

Leamos esa profesión de Fe del Padre Pagliarani https://fsspx.org/es/publications/declaracion-fe-catolica-dirigida-papa-leon-xiv-59111 , porque los fieles, aunque no tienen autoridad obligación ni autoridad de juzgar canonicamente a la Jerarquia eclesiástica si tienen la obligación de averiguar, analizar y formarse juicio sobre el Pastor y lo que predica y acontece bajo su gobierno, y reconocer al mal Pastor y evitarlo. Y la Caridad, vínculo de la unidad, a todos obliga a rogar por la conversión de la Iglesia conciliar y su retorno a la Verdadera Fe: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”.

En conclusión: la intención de pertenecer fielmente a la Iglesia Católica, practicar la Fe de los Apóstoles y aceptar las enseñanzas bimilenarias de la Iglesia requiere rechazar todo aquello que no pertenece a la Iglesia Católica, y que contradice la Fe de los Apóstoles y las enseñanzas de Concilios y Santos Padres y Teólogos por perogrullezco que parezca. Exige ponerse a resguardo de las falsas doctrinas y recibir los verdaderos Sacramentos. No es una protesta de rebelión, no es un cisma, no es una provocación o desafío a la autoridad suma de la Iglesia, que es Cristo, ni a Su Vicario, sino un doloroso “non possumus”. Es la obediencia a Dios antes que a los hombres que yerran en la Fe, es la obediencia a las promesas del Bautismo; tan básico como eso. La Caridad suprema que Cristo encomendó a su Iglesia y por los Sacramentos inmutables, es la salvación de las almas convirtiéndolas a la Verdadera y única Fe de siempre con la cual seremos salvos. Esta sublime Caridad no puede sino unir a la Iglesia inseparablemente; jamás ello puede constituir un cisma. Todo aquello que rompa con lo antedicho, sea por una falsa concepción de Dios tal como es la herejía, una falsa concepción de la salvación o de la conversión, o sea por la rebelión a Cristo, autoridad Suprema de la Iglesia al distorsionar la Fe inmutable es necesariamente cismático. Y la Iglesia modernista, al rechazar la Tradición, es ella misma la que crea la división. Es tan obvio, que disimular esta verdad es hacerse cómplice de la mayor traición a la Fe de la historia eclesiástica.

EL CISMA POSCONCILIAR DE LA IGLESIA MODERNISTA
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