En las últimas décadas más que nunca antes, los católicos hemos visto innumerables expositores de inmundicias llamadas “arte”, que ensucian lo más santo y venerable de nuestra Fe, crucifijos, imágenes de la SS Virgen, de NS, de los Santos, a fin de alcanzar promoción inmerecida merced a la transgresión y la provocación, y no a genuino talento artístico. Se ha llegado lamentablemente también al punto de perversión del buen gusto o al culmen de una secreta malicia y desprecio de Dios también dentro de la propia Iglesia, y con inspiraciones de vulgaridad y mal gusto se plasma y se ha plasmado en edificios religiosos, conventos, iglesias, capillas, Rosarios, imágenes, cantos, composiciones musicales, libros, etc., con la blanducha aceptación o la siniestra promoción de las autoridades religiosas, cabezas de congregaciones, catequistas, y un penoso y largo etc. que llega hasta lo más alto de los montes de Roma, de donde salen los peores engendros de la traición a la Verdadera Doctrina y la Liturgia de la Iglesia fundada por Cristo.
“Santo es aquello cuya violación o profanación es delito, cuyo simple conato o voluntad de cometerlo se considera culpable, AUNQUE LO QUE ES SANTO CONTINÚE, POR SU NATURALEZA, INCORRUPTIBLE E INVIOLABLE”. San Agustín
Así que este concepto del Santo Doctor bien podría colgarse junto a estos esperpentos, ya que lo Santo que aparece mezclado con las obras de estos estultos, por más fuerza de vientre que hagan, sigue siendo Santo; así como los mártires de España y del mundo entero fueron torturados con acciones inmundas sin que por ello fueran menos templos de Dios sino por ello mismo más Santos y más mártires y más puros, unida como estaba su naturaleza, por la Gracia, a la divina. Y la prisa que tenemos por verlos juzgados y condenados por Dios, creador de toda belleza, tentados a imitar el celo de Pedro en el Monte de los Olivos, a desenvainar la espada, es parte de nuestra inquietud humana y temporal. Porque sus almas serán, a su debido tiempo ya fijado por la Justicia Divina, entregados a untos inmundos y ardientes, ya en esta tierra, ya eternamente en el Infierno, donde no hay quien admire lo bello, lo santo o lo bueno, discípulos del supremo Feo, cuyo hedor a cloaca bien servida alertaba a los Santos de su presencia.
Muchos recursos tienen los cristianos de quemar en la hoguera del fuego del amor a Dios los agravios que se le propinan a su Majestad y a sus Angeles y Santos, como la Adoración del SS Sacramento, el Rosario, la oración, el sacrificio, los dolores y pruebas, las afrentas gratuitas, la penitencia, la enfermedad bien aceptada, la paciencia, la humildad ofrecidas por esta causa, y el mayor y más sublime de todos: la Santa Misa. ¡Presérvenosla Dios!
San Agustín
Capitulo XX
“No dar lo santo a los perros ni las perlas a los puercos (67-68). Se puede lícitamente ocultar alguna verdad a quien no está en estado de comprenderla (69). Casos prácticos (70)”
67.—Mas porque muchos que desean cumplir los preceptos de Dios pueden llamarse a engaño respecto de esta simplicidad, pensando que es pecado ocultar a veces la verdad, como lo es afirmar la mentira, y de esta manera, descubriendo lo que no pueden soportar aquellos a quienes la descubren, hacerles más daño que si nada les dijesen, añade rectísimamente: No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las huellen con sus pies, y revolviéndose contra vosotros os despedacen (Mat. VII,6). Porque el mismo Señor, aunque nunca mintió, nos da a entender que oculta algunas verdades cuando dice: Aún tengo que deciros muchas cosas, mas no las podéis llevar ahora (Juan, XVI, 12). Y el Apóstol San Pablo: No pude –dice—hablaros como a espirituales, sino como a carnales. Como a párvulo en Cristo, leche os di a beber, no vianda, porque entonces no podíais; y ni aún ahora podéis, porque todavía sois carnales (I Cor., III, 1-2).
68.- En este precepto en que se nos prohíbe dar lo santo a los perros y echar nuestras perlas delante de los puercos, debemos investigar cuidadosamente qué es lo santo, cuáles son las perlas, cuáles los perros y cuáles los puercos. Santo es aquello cuya violación o profanación es delito, cuyo simple conato o voluntad de cometerlo se considera culpable, aunque lo que es santo continúe, por su naturaleza, incorruptible e inviolable. Las perlas son las cosas espirituales muy estimables, que, como están ocultas, se sacan como de lo profundo y se hallan en las conchas, descorriendo, por así decirlo, el velo de las alegorías. Puede, pues, afirmarse que lo santo y las perlas con una misma cosa: santa, por cuanto no debe corromperse; y perla, por cuanto no debe despreciarse. Uno se empeña en corromper lo que no quiere que esté integro; desprecia lo que considera vil y tiene por debajo de sí; dícese, por eso, que es pisoteado lo que es despreciado. Por eso los perros saltan para desgarrar, y lo que ellos desgarran no puede quedar íntegro. No deis –dice—lo santo a los perros; pues aunque no puede ser desgarrado o corrompido y permanece íntegro e inviolable, hemos de pensar cuáles son las intenciones de aquéllos que resisten con acritud y hostilidad a la verdad, y tratan por todos los medios de destruirla, si ello fuere posible. Los puercos, en cambio, aunque no atacan a mordiscos como los perros, sin embargo manchan cuanto huellen con sus patas: No echéis, pues, vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las huellen con sus pies y, revolviéndose contra vosotros, os despedacen. No sin razón podemos, pues, entender por perros a los que atacan la verdad, y por cerdos a los que la desprecian.
69.- Revolviéndose contra vosotros, os despedacen. Fijémonos que no dice: despedacen las mismas perlas. Pisoteándolas a ellas, aun cuando se vulevan para oír alguna verdad, despedazan a aquél que ha arrojado las perlas que ellos pisotean. Porque no podreis encontrar fácilmenete nada que pueda ser grato a quien pisoteó las perslas, es decir, a quien despreció las cosas divinas halladas con tanto trabajo. El que enseña a los tales no veo cómo no se despedaza de indignación y de enojo. Los dos son animales sucios, tanto el perro como el puerco. Debe, pues, evitarse el descubrir algo al que no está en estado de comprender porque preferirá lo que está oculto, y odiará y despreciará lo que está manifiesto. No se concibe otra motivo de que rechacen verdades tan manifiestas y excelsas, que ese odio y ese desprecio: por el odio son llamados perros, y por el desprecio, puercos. Toda esta inmundicia se concibe por el amor de las cosas temporales, es decir, por el amor de este mundo, al cual se nos ordena renunciar para que podamos ser limpios. El que desea, pues, tener corazón sencillo y limpio, no debe creerse culpable si oculta alguna verdad a quien no está en estado de comprenderla.
Y no por eso podemos pensar que es lícita la mentira: pues no se sigue que haya mentira cuando se oculta la verdad. Comencemos primero por quitar los impedimentos que son causa de que no la comprenda; porque si no la comprende a causa de tener el alma manchada, debemos procurar que quede limpia, exhortándole, cuanto nos sea posible, con nuestra palabra y nuestro ejemplo.
70.-Y no hemos de pensar que el Señor, por decir ciertas cosas que muchos de los presentes no aceptaron, antes las resistieron o despreciaron, dio lo santo a los perros o echó perlas delante de los puercos: pues no lo dio a los que no podían comprender, sino a los que podían y estaban presentes, a quienes no era justo dejar de lado por la inmundicia de los otros. Y cuando algunos, tentándole, le preguntaban y Él les respondía dejándolos sin tener qué replicar, prefiriendo consumirse en su propio veneno antes que saturarse con el manjar que Él les ofrecía, había otros, en cambio, que podían entender y que, con tal motivo, podían oír muchas cosas con provecho. Digo esto no sea que alguno, no pudiendo responder al que le pregunta, se tenga por excusado diciendo que no quiere dar lo santo a los perros ni echar perlas delante de los puercos. El que sabe lo que debe responder, debe hacerlo, al menos por otros que pierden la esperanza si creen que la cuestión propuesta no puede resolverse (N. de L.E.: como pasó tristemente en San Pedro cuando francisco no supo explicar la causa del sufrimiento a una inválida): y esto, tratándose de cosas útiles y pertinentes a la doctrina de la salvación, porque son muchas las cosas que pueden ser preguntadas por los ociosos, superfluas y vanas, y con frecuencia perjudiciales, de las cuales, no obstante, algo se debe decir, pero aclarando eso mismo y explicando al mismo tiempo la inconveniencia de inquirir tales cosas.
“Digo esto no sea que alguno, no pudiendo responder al que le pregunta, se tenga por excusado diciendo que no quiere dar lo santo a los perros ni echar perlas delante de los puercos. El que sabe lo que debe responder, debe hacerlo, al menos por otros que pierden la esperanza si creen que la cuestión propuesta no puede resolverse.”
Tratándose de cosas útiles, debemos responder alguna vez a lo que nos pregunten; como lo hizo el Señor cuando los saduceos le preguntaron acerca de la mujer que tuvo siete maridos, de cuál de ellos había de ser en la futura resurrección. Respondió que en la resurrección ni tomarán esposa ni marido, sino que serán como los ángeles del cielo. A veces al que pregunta se le debe preguntar otras cosas, y si la respondiere, Él mismo se responderá a lo que preguntó; mas si no quisiere responder, no parecerá injusto a los presentes si no se da respuesta a su pregunta. Pues aun a aquéllos que preguntaron, tentando, si debía darse tributo, se les hizo otra pregunta, es decir, de quién era la efigie que levaba la moneda por ellos presentada; y porque respondieron a la pregunta que se les había hecho, es decir: que la moneda tenía la imagen del César, ellos mismos se respondieron en cierto modo a lo que habían preguntado al Señor; así Él, según la respuesta de ellos, concluyó de esta manera: Pues pagad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios (Mat., XXII, 21). Y como los príncipes de los sacerdots y los ancianos del pueblo le hubiesen preguntado con qué poder havía aquellas cosas, les preguntó sobre el baustismo de Juan; y como no quisiersen responder, porque veían que sus palabras e volverían contra ellos mismos, y porque no se atrevían a hablar mal de Juan por temor a los circunstantes, Pues ni yo os digo –respondió Cristo—con qué potestad hago estas cosas (Ibíd., XXI, 27): respuesta que pareció muy oportuna a los presentes.
A veces al que pregunta se le debe preguntar otras cosas, y si la respondiere, Él mismo se responderá a lo que preguntó; mas si no quisiere responder, no parecerá injusto a los presentes si no se da respuesta a su pregunta.
Ellos dijeron que ignoraban, no lo que en verdad desconocían, sino lo que no querían decir. Y era justo que los que querían se respondiese a su pregunta hicieran primero ellos lo que pedían para sí: y si lo hubiesen hecho, ellos mismos se hubieran respondido. Ellos habían enviado a preguntar a Juan quién era él; o, más bien, los mismos enviados eran sacerdotes y levitas, creyendo que él era el Cristo; cosa que él negó, dando testimonio del Señor (Juan I, 19); si ellos reconocían este testimonio, se confesarían a sí mismo con qué poder obraba Cristo aquellas cosas; por eso preguntaron aparentando ignorancia, a fin de hallar pretexto para calumniarle.”
Transcripto del libro “El Sermón de la Montaña” de San Agustín, Segunda Edición, Biblioteca del Peregrino, EMECÉ Editores, Buenos Aires, 1945, pag
/image%2F0029338%2F201207%2Fob_504c32141e3cba7d9366a42fcd4d50fd_caliz-y-hostia.jpg)
