Sermón ardiente de caridad y de esperanza exaltando la Cruz y el Santo Sacrificio del Altar, la bienaventuranza eterna, pero es también arenga a los idólatras, a los negadores de la Transubstanciación, a los enemigos de la Cruz ("que dicha aversión por la Cruz sea llevada al colmo por aquellos que, negando el dogma fundamental del pecado, rechazan la idea misma de la Redención por resultarles injuriosa a la dignidad humana.") y del Sacerdocio Católico, dicho por el Cardenal Pacelli (más tarde Pío XII), con la mirada puesta en el triunfo mariano apocalíptico, a propósito del Jubileo por los 19 siglos de la Redención. Traducido del opúsculo Triptique (Ed. francesa Flammarion, con Imprimatur de 1936), este discurso fue pronunciado en Lourdes, el 28 de Abril de 1935 con motivo del cierre del Jubileo. Lo publicamos en esta Vigilia de la Anunciación, Fiesta de la Santísima Madre de Dios, Corredentora nuestra, que al pie de la Cruz se dejó atravesar por inmensa espada de dolor cual no habrá ni hubo jamás. Sirva también para recordar en esta Cuaresma el inmenso sacrificio de Cristo por nuestra salvación.
(Resaltados en negrita de La Esquina)
LOURDES
"Post haec vidi turbam magnam, quam dinumerare nemo poterat, ex omnibus gentibus, et tribus, et populis, et linguis, stantes ante thronum, et in conspectu Agni" (Apoc.).
Si algun día se ha verificado la palabra de la Sabiduría: "Qui scrutator est majestatis, opprimetur a gloria" (Prov.) "Aquel que ose escrutar la majestad de Dios acabará aplastado bajo el peso de su gloria", es precisamente en este momento en que lo experimento, mis Hermanos, cuando, llevando la vista a mi alrededor, veo en este rincón de los Pirineos, al pie de la gruta de Massabielle, una muchedumbre tan grande de todos los pueblos de la tierra, de todas las naciones, de todas las lenguas, delante del trono del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Pero este gruta, esta fuente del Gave que murmura aqui junto a nosotros despierta en mi espíritu la imagen de otras fuentes de agua y de otra sombra, el recuerdo de la primera mañana de la humanidad cuando la majestad de Dios prometía a nuestros primeros padres consternados el triunfo de una Mujer y de su Hijo, de la Virgen sin mancha y de su divino HIjo, el Redentor del mundo.
Delante de Dios cien siglos no son más que un día; la alegría dada a la tierra en estos días aqui es como inundada del júbilo incluso por el cumplimiento al fin realizado de la antigua esperanza y de la promesa, es el himno que exalta la victoria y el doble triunfo de Cristo y el de su divina Madre. Hoy me parece ver esos tiempos, los tiempos que se calculan por el número de los siglos, fundirse en el día eterno, las puertas del cielo entreabiertas, el cielo, la tierra y el abismo juntándose y como fundiéndose en una sola visión, y al nombre de Jesús y de Maria el universo entero se prosterna.
En el cielo, he ahí el espectáculo de los esplendores de la gloria de la Jerusalén celestial, las falanges incontables de los Santos, vestidos con túncas blancas y palmas en sus manos, adorando y celebrando en sus cánticos de alabanza al Cordero Divino inmolado y Viviente; he aquí la gran maravilla, la mujer revestida de sol, cuyos pies reposan en la luna creciente y cuya frente está coronada por doce estrellas. Asi también el Apóstol San Juan con su mirada de águila, veía la Jerusalén bienaventurada descender sin embargo del cielo para que Dios hallara sus delicias entre los hijos de los hombres; y el Cordero de Dios, sol del cielo, en verdad desciende incluso en medio de nosotros, bajo los velos eucarísitcos, mientras que la Reina del Cielo, que no desdeñó antaño la gruta de Belén, no desdeña hoy tampoco la gruta de Massabielle.
Estos misterios del tercer cielo los entrevió también el gran Apóstol San Pablo cuando contempló cómo Dios exaltó a su divino HIjo que había sido humillado hasta la muerte de la cruz, y cómo le dio un Nombre que está por encima de todo nombre; tan grande, que al Nombre de Jesús se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos, y que toda lengua proclama que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria del Padre (Filip. 2).
Así en la tierra, al nombre de Jesús, nosotros nos unimos al cielo para adorar al propio HIjo de Dios crucificado, bienaventuranza de los Santos; nosotros, todavía viajeros aquí abajo y exiliados lejos de Dios estamos sin embargo en comunión con los elegidos celestiales que ya han llegado al término de su curso, unidos todos en Cristo por el vínculo de esta caridad que es para ellos corona de gloria, para nosotros simiente de bienaventuranza, así como esperanza cierta e indefectible para las almas encerradas en la prisión del Purgatorio, que esperan llegar un día finalmente a la patria bienaventurada.
Al nombre de Cristo y de Su Cruz se regocija en el Cielo la Iglesia Triunfante, al nombre de Cristo y de Su Cruz sufre, combate y ora aquí abajo la Iglesia Militante, al nombre de Cristo y de Su Cruz, paciente en la paz, a la espera de la alegría eterna, la Iglesia Purgante. Sobre esta triple esfera del genero humano rescatado cae la luz inmensa y divina de la Cruz redentora cuyos rayos se hunden en el pasado hasta el crepúsculo de la primera falta, de esta Cruz que después de diecinueve siglos no cesa de repoblar con nuevos elegidos conquistados por ella los lugares vacíos que dejaron los ángeles caídos, de lavar toda corrupción en la sangre incorruptible que de la Cruz se derrama, de consolar la aflicción de los que sufren, afirmándolos en la caridad divina, mientas en el horror del combate los poderes del infierno se esfuerzan en vano para prevalecer contra ella.
Para la contemplación de este triunfo divino brillando en nuestras almas, están como tres astros del firmamento espiritual las tres virtudes que, tomando su lumbre directamente de la llama divina, reflejan su resplandor al cielo, sobre la tierra y hasta el fondo del abismo. Pero para manifestar a vosotros la magnificencia del triunfo del divino Redentor y de su Cruz, en esta solemnidad con que se corona el jubileo de nuestra redención, mucho mejor que mi pobre palabra, se eleva en su majestad y entusiasmo la suprema autoridad del Vicario de Cristo (en ese entonces, 1935, Pío XI, N.d. L.E.), que ha querido él mismo participar, y que para hacerle eco cuenta con la presencia de Eminentísimos Cardenales, de tantos ilustres Obispos, prelados, Sacerdotes y religiosos, con la atmósfera de ardiente piedad que, después de tres días, envuelve estos altares y esta santa liturgia.
Y esta nutrida muchedumbre venida de toda la cristiandad, que en su variedad de patrias, de lenguas y de costumbres exalta con su agradecimiento, su súplica y su confianza al Redentor del género humano; esta multitud agrupada al pie de este Gólgota incruento, de este Calvario de amor y de misericordia, de perdón y de gracias, reproduce la imagen de las falanges celestiales en el triunfo de Cristo, como se aparecieran al extático Evangelista de Patmos prosternados y cantando el hosana delante del Cordero de Dios. "Vidi turbam magnam quam dinumerare nemo poterat ex omnibus gentibus e tribus et populis et linguis, stantes ante thronum et in conspectu Agni".
I
La Redención realizada por Cristo es el centro de la historia de la humanidad; buscad en el pasado, buscad en el presente, buscad en el futuro; no hallareis ningún acontecimiento más portentoso que éste, que penetra toda la historia del imperio más poderoso de la antiguedad, manifestado y encerrado en su conjunto como el misterio de la Fe.
Hace diecinueve siglos un hombre de la Judea, descendiente de David, profeta y más que profeta, más sabio que Salomón, es condenado, es crucificado por la ingratitud de un pueblo, por el odio de los sumos pontífices, por la cobardía de un magistrado romano.
A su muerte el sol se oscureció, la tierra tembló, los muertos resucitaron; Él mismo fue depositado en el sepulcro en el que permaneció tres días bajo la vigilancia de sus enemigos. Al amanecer del tercer día la tierra trepidó nuevamente y este Hombre volvió a tomar posesión de la vida que había dejado, pero la volvió a tomar impasible e inmortal. Salió del sepulcro, regresó en medio de sus amedrentados discípulos, comió y bebió con ellos para demostrarles que su cuerpo era real, un cuerpo de carne y hueso como antes; los hizo sus embajadores y los envió hasta los extremos del mundo para predicar a todos cómo había descendido del Cielo, salido de Su Padre, como había venido al mundo donde fue muerto y después resucitó; cómo de nuevo dejó el mundo para volver a Su Padre.
He ahí el hecho, mis Hermanos, el hecho tal como ha sido consignado en los textos, los documentos, ¡los monumentos más veraces e incontestables que los relatos mismos del conquistador de la Galia y vencedor, Vercingetorix!
Y ahora, ¿dónde se halla entonces el misterio de la fe? ¿Dónde está la fuerza misteriosa, invisible y por lo tanto, triunfante, que lo hizo todo y que sin embargo no se muestra? ¿dónde está entonces la revelación de las cosas invisibles? El misterio de la Fe, mysterium fidei, está allí, en este altar, bajo el velo de esto que parece ser pan y que no es pan. Este mismo Hombre de la Judea, crucificado y resucitado, está allí, escondido a nuestras miradas y sin embargo realmente presente en medio de nosotros; bajo estas apariencias prestadas vive en toda la plenitud de su gloria, pero así de dulce, humilde de corazón, afectuoso como un hermano, tierno como un amigo, bueno como un padre.
Este misterio es el misterio de la Redención, el misterio del sacrificio; y el altar es el nuevo Gólgota, aquel que el divino Redentor, la vigilia de su sacrificio sangriento, contemplaba en la admirable efusión de su amor por los hombres por los cuales iba a morir, en lugar de la sangre de corderos y de toros, en lugar de la ofrendas y de los holocaustos de la antigua alianza la cual Dios no quería más, Él instituyó, como testamente sellado por su propia sangre, el sacrificio incruento, el sacrificio sin mancha de la nueva allianza celebrada con su pueblo fiel, el pueblo nuevo; y cuando bajo las apariencias separadas del pan y del vino se ocultaba Él mismo, nos estaba legando el recuerdo inefable y vivo de su pasión y de su muerte.
En el deseo de sacrificarse por nosotros, el Hijo único del Padre, el Verbo de Dios, se hizo carne y habitó en medio de nosotros; tomó la naturaleza de esclavo; Él, el creador del cielo y de la tierra se humilló y se hizo nada, por así decirlo, naciendo pobre y pequeño niño sufriente en un establo; partió fugitivo a tierra extranjera; fue circuncidado en el templo como los pecadores, estuvo sometido a criaturas, pasó por hijo de un pobre artesano; se retiró a la soledad del desierto en medio de las bestias salvajes; durante tres años recorrió, enseñando, los extensos caminos de Palestina; finalmente, antes de morir sobre la cruz que habia escogido para hacer de ella la llave del cielo y el estandarte de su triunfo eterno, escondió en el Sacramento sublime, memorial de su suplicio y de su sacrificio voluntario, los rayos deslumbradores de su carne resucitada y transfigurada para morar con nosotros hasta la consumación de los siglos, Sacerdote y Víctima a la vez, ofreciendo a su Padre celestial el homenaje de adoración, de acción de gracias, de propiciación y de súplica.
¡Oh, profundo e insondable misterio de nuestros altares! El Redentor ha abolido para siempre jamás los sacrificios y los ritos muertos y estériles de la antigua ley, para realizar por su Sangre, en Él mismo, Sacerdote y Víctima, el sacrificio único, solo rescate para la liberación eterna.
No vengáis a decirme, orgullosos idólatras de la ciega razón humana que la palabra de Cristo es incapaz de cambiar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre. ¿Querríais entonces, en vuestra vanidosa sabiduría, que el Cristo hubiera venido en vano a sustituir las innumerables víctimas de la antigüedad? ¿Que el HIjo de Dios, nuevo Melquisedec, no haya pensado o no haya logrado, con todo el poder con que domina la naturaleza, rebasar en la realidad el símbolo del sacrificio del antiguo sacerdote del Altísimo? ¡NO! ¡el Sacerdote de la nueva ley, el Sacerdote del Evangelio que vosotros veis subir al altar y celebrar el sacrificio no es un druida, un flamen o un arúspice! no va como ellos a degollar y ofrecer víctimas inmundas a deidades falsas y mentirosas; no es un sacerdote de Leví: no va a quemar incienso y a consumir el holocausto ante un velo que sustrae a sus miradas el testimonio de la divina alianza. ¡NO! Él es un elegido, al participar del único y eterno sacerdocio de Cristo, para hacer en memoria Suya lo que Él mismo ha hecho; él es otro Cristo, escogido como Aarón, pero es más que Aarón porque él sube a la montaña y entra a la sombra; no es como Moisés sobre la montaña del Sinaí toda envuelta en nubes, en medio de estruendo de truenos ni en un tabernáculo hecho de pieles de machos cabríos, sino a la sombra del cenáculo, en las tinieblas del Gólgota, para ofrecer e inmolar a Dios la divina Víctima que borra los pecados del mundo, que aplaca la justicia del Padre, abre las puertas del cielo y hace descender en torrentes abundantes la misericordia y el perdón, la purificación, no de los cuerpos sino de las almas.
Si, las tinieblas del Gólgota son las tinieblas de la fe porque el dominio de la fe es el de lo invisible, porque el mérito de la fe consiste precisamente en mantenerse firme en medio de la oscuridad, como la Virgen Madre de Dios al pie de la Cruz sobre la cual moría su divino HIjo, porque las alturas de la fe se elevan mucho más alto que las estrellas, allí donde no penetra el ojo humano, donde Dios habita en una luz inaccesible, donde Dios permanece invisible a quien no ha pasado aún por la muerte, allí donde el Hijo de Dios que fue crucificado hizo de sus sagradas llagas el sol del paraíso, y de su cruz, el estandarte de su escolta triunfal, el trofeo de su suprema victoria en el Día final. Sobre nuestros altares está la misma Víctima inmolada, resucitada, inmortal y llegada a su Gloria que canta y exalta en el cielo la Iglesia rescatada y triunfante, es el mismo Redentor, siempre Sacerdote y Víctima, siempre ofreciendo por nosotros su sacrificio al Padre: "Sempiternum habet sacerdotium, ...semper vivens ad interpellandum pro nobis". (Hebr.7).
A sus pies, sobre otro trono, resplandeció la augusta Reina de los Cielos, la más bella conquista de la Redención, la Inmaculada Virgen Madre de Dios; y a su alrededor, en medio del coro inmenso de las vírgenes prudentes, percibo a una humlde hija de los valles de los Pireneos en su éxtasis bendito, contemplandoo y reencontrando en los esplendores de los Santos a Aquella que en sus íntimos diálogos de la gruta de Massabielle le había revelado un día con una sonrisa su hermosísimo nombre. Si, oh, Bernardette, lirio deslumbrante de los jardines floridos de Francia, salta de júbilo; canta con Santa Juana de Arco el himno de las Vírgenes que al ejemplo de la Virgen Inmaculada hicieron cortejo al Cordero inmolado por la salvación del mundo.
II
Y como en lo Alto del cielo, sin duda por la conmemoración, pero al mismo tiempo y más aun por la oblación perpetua de este sacrificio, la Iglesia triunfante junto a Cristo celebra su Redención, también aquí abajo la Iglesia militante, glorificando ella misma en estos días el jubileo de su Redención por el recuerdo del sacrificio del Calvario, por el homenaje a su Redentor triunfante en el Cielo, se unió de pensamiento y de corazón a todos los elegidos, a todos los bienaventurados que rodean el trono donde reina la Victima inmolada, en tanto que nosotros nos elevamos hacia ese trono en este altar con nuestras miradas rebozantes de esperanza.
Si, nuestra esperanza, exactamente lo mismo que nuestra fe, está en sustancia y realidad en el cielo, y alli permanece fija; pero aquí abajo ella sostiene nuestra vida. Si en el nombre de Cristo y de su Cruz, en los cielos los coros angélicos y los coros de la Iglesia Triunfante cantan delante del trono de Dios gloria, honor, salud y bendición, aquí abajo, la Iglesia de los fieles todavía peregrinos pone toda su esperanza en la Cruz. O crux, ave, spes unica! El océano de la humanidad se agita, los pueblos como las olas se levantan y entrechocan bajo el empuje de los vientos de las pasiones sociales y políticas, las riberas y las playas de la paz son embestidas y sacudidas violentamente por las olas desatadas, la oscuridad del futuro agrava el temor: ¿en quién pondremos nuestras esperanzas de tranquilidad, de calma y de paz? ¿Quién comandará a los vientos y las tempestades? ¿Quién hará enmudecer sus silbidos y su furia? ¿Quién dirigirá los cursos y las decisiones de los hombres de Estado en la temible tarea de armonizar los pueblos en el Derecho? ¿Quién hará fecundos sus esfuerzos asiduos prar asegurar la paz y librar a la humanidad de sus angustias? No temáis, mis Hermanos. Sobre las olas y las tempestades marcha en la sombra de los tabarnáculos el Señor del Cielo y de la tierra; no, Él no pasará indiferente al costado de nuestra barca agitada; vendrá a nosotros y nos dirá: Tened confianza; soy Yo, no temáis: "Habete fiduciam; ego sum, nolite timere" (Mat. 14). ¿No nos ha prometido que estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos? Después de diecinueve siglos Él se mantiene al lado de su Esposa, la Iglesia, que en el medio de las borrascas y las tempestades del mundo con El navegua sin temor y sin daño, victoriosa de todas las vicisitudes, hacia el puerto de la eternidad, su destino. ¿Acaso no creemos más en Él?¿Puede ser que no lo conozcamos? ¡Ah, que no tenga que decir de nosotros, después de tanto tiempo pasado con nosotros, que ya no le conocemos más: "Tanto tempore vobiscum sum, et non cognovistis me" (Juan, 14).
Estamos perdidos en medio de la tempestad que agita el océano de la sociedad y de los pueblos, pero en la Cruz de Cristo, que permanece firme en medio de las turbaciones del mundo, reside nuestra confianza y nuestra esperanza. Ella es el ancla que la que las olas desatadas dan seguridad a la barca de la Iglesia y de nuestra alma, que tiende al purto de los bienes supremos e invisibles; ella es el ancla que nos fija firmemente a Dios y a sus promesas infalibles.
Es en este Dios que se queda con nostros escondido sobre el altar del sacrficio, que la Iglesia coloca todas sus esperanzas de paz y de tranqulidad, que en medio de los combates y las conquistas avanzando a través de los siglos se prostra delante de Él, suplicándole disponga nuestros días en paz, rogando al Cordero que borra los pecados del mundo que nos conceda paz, pidiéndole a Él --Él bien lo sabe--, por la fe de sus hijos, su devoción, los votos que se dirigen a Él por la redención de sus almas, por su salvación.
Después de diecinueve siglos, la Redención ha proseguido su pacífica conquista y portado sobre toda la superficie de la tierra los frutos del sacrificio redentor que el sol, en cada instante de su curso ininterrumpido, viene a iluminar sobre todo altar en que se oferezca el sacrificio. Pero estos tres días pasados aquí, que el universo entero, que el Vicario de Jesucristo (Pío XI, 1935) ha venido en union con nosotros, ¿qué palabra humana expresará jamás la sublime magnificencia e igualará el espectáculo sublime de todo el universo católico, del Levante al Poniente, de una sola voz y de un solo corazón, elevando ardientes súplicas a Dios y a Su Santísima Madre para solicitar gracia, paz y salud? ¡Cuánta necesidades tenemos!
Al escuchar al Apóstol relatarnos su visión del del Cielo donde la Iglesia Triunfante canta su Redención ya consumada, sentimos por un instante pasar sobre nosotros como un soplo apaciguador. Y después, como al despertar de un sueño demasiado hermoso, después de ser mecidos por una esperanza demasiado lejana, la visión de la tierra, de la realidad presente nos sobresalta, nos hace tal vez más doloroso la memoria de la gran tribulación en la que el mundo sufre todavía de hambre y de sed, donde los espírituds guiados por los maestros del error, abrevan en las fuentes emponzoñadas, donde los ojos todavía están llenos de lágrimas, ¡ay! plagados de envidia, muchas veces de odio, donde demasiados cristianos se dejan despojar de la túnica bautismal en la búsqueda de placeres vanos, en el barro de alegrías malas. Y de este mundo de donde pese a todo, de Oriente a Occidente se eleva incesantemente la voz de la Sangre redentora, se levanta también la queja amarga, la murmuración, la blasfemia en lugar de la oración suplicante y confiada que debería elevarse hacia la Cruz y hacia el Altar.
Sin duda, es grande, profunda y angustiosa la miseria, la aflicción que castiga al orden social y lo quebranta; sobre esta miseria se inclina, junto con el corazon de Cristo, el corazón de su Iglesia y el de su Vicario. Si todavía ella (la Iglesia) hace volver a los hijos pródigos a los pies del Padre que está en los Cielos para pedirle el pan cotidiano que ni el trabajo ni el ingenio pueden asegurar siempre, ella lleva en sí misma el remedio. Pero nó, esta preocupación misma del pan cotidiano, en la deprimente incertitud del lo que pasará mañana, absorbe sin tregua ni misericordia, cada vez más apremiante, más tiránica, las fuerzas físicas y morales de demasiados hombres sin dejarles un momento de calma y de tregua al menos para pensar en sus almas.
La frente siempre inclinada a las obras materiales ya no se cuida de levantar los ojos hacia la cruz; y si alguna vez, como a hurtadillas, la miran todavía, muy a menudo sus oídos están sordos a su voz, a la voz de la Cruz que canta las promesas de la vida eterna. Escuchando bien todavía sus palabras, su corazón, vacío y herido, no se dejará más calentar al fuego del amor del Redentor ni reconfortar por el ejemplo de lo que Cristo ha sufrido. Ellos ven bien la Cruz, no la comprenden más, no gustan más de su acción benefactora: vident crucem non vident unctionem. ¡Peor aún! Para muchos la Cruz es de nuevo un escándalo y una locura. Y estos repiten la ciega imprecación del calvario: ¡No nos dignaremos todavía a someternos a Ti ni a creer en Ti; desciende de arriba de esa Cruz que ofusca nuestro orgullo! ¡Nosotros iríamos todavía hacia Ti si el amor no te hubiera crucificado por nuestro rescate!
Lo que esto tiene de trágico es que en realidad dicha aversión por la Cruz sea llevada al colmo por aquellos que, negando el dogma fundamental del pecado, rechazan la idea misma de la Redención por resultarles injuriosa a la dignidad humana. Con la ilusión de preconizar una nueva sapiencia, no son en realidad más que lamentables plagiarios que revisten errores bien antiguos con oropeles nuevos. Poco importa que se congreguen alrededor de la bandera de la revolución social, que se inspiren en una falsa concepción del mundo y de la vida, que estén poseídos por la superstición de la raza o de la sangre, su filosofía, tanto de los unos como de los otros, descansa sobre principios esencialmente opuestos a los de la fe cristiana, y de tales principios a ningún precio al Iglesia consentirá a practicarlos con ellos. ¡Esposa de Cristo! al que la quiere arrancar de los brazos de Cristo la encontrará lista a subir mil veces con Él el sangriento Calvarío, antes que dar jamás el menor signo de una condescendencia culpable hacia donde la ley divina no le permite inclinarse. La Iglesia de las Catacumbas, la Iglesia de los mártires, la Iglesia de los Confesores, la Iglesia de los Papas y de los Obispos intrépidos y heroicos, no es solamente una historia del pasado; ella es realidad viviente; basta con que la situación de los tiempos lo reclame, para que la gracia de Dios la haga aparecer siempre activa, siempre fuerte, siempre inflexible, sin que jamás adulación alguna pueda hacerla doblegar, ninguna amenaza pueda hacerla temblar.
Es verdad, ella combate, La Iglesia, pero sufre, porque es madre, madre como María del cuerpo místico de Jesús y de cada uno de sus miembros. Y como María desde la Anunciación hasta el Calvario, la Iglesia desde el Calvario a la consumación del mundo, da a luz entre lágrimas: maternidad dolorosa que el Espíritu Santo nos cuenta y que constituye toda su historia: el dragon infernal siempre al acecho para devorar el fruto de sus entrañas; la guerra entre el Cielo y el infierno, guerra donde el fruto es lo que está en juego, la furia del demonio contra ella, las persecusiones incesantes con las que se venga y que rasgan por encima de todo su corazón de madre, ese lamento que se eleva en todas partes: "¡Filii matris meae pugnaverunt contra me!" (Cant.I,5).
Entonces, este corazón de madre se vuelve hacia nosotros, sus hijos fieles, o que quisiéramos serlo, y por la voz de su cabeza visible la Iglesia (en ese entonces, repetimos, Pío XI) nos conjura a unir en estos días en este lugar, nuestras esperanzas, nuestras súplicas con las suyas. Que se apaguen los insidiosos rencores, que las causas de discordia sean felizmente eliminadas, que el orden traiga nuevamente en todas partes su tranquilidad, que la verdadera paz cristiana vuelva a los corazones, a los pueblos y a las naciones, esta paz que el Cristo al nacer nos ha anunciado con el concierto de los Ángeles, que resucitado de entre los muertos la ha donado a su Discípulos y la paz que nos ha dejado a todos como prueba segura en el momento que que debia remontar su vuelo al Padre. ¡Que la Inmaculada Virgen María, que por la gracia de Dios ha hecho y hace todavía tantos milagros en la gruta de Massabielle, quiera tener a bien, en toda su bondad, escuchar nuestras voces suplicantes!
III
Pero mientras alrededor de estos altares, las oraciones y las súplicas emanan de nuestros corazones y de nuestros labios, y se elevan hacia Dios unidos a los himnos de bendición y gloria que en el Cielo exaltan el triunfo del Cordero vencedor del dragón infernal, Yo escucho otras oraciones y otras súplicas que se levantan desde el fondo del abismo: ¡son las voces de los padres, hermanas, amigos, todos compañeros de nuestra Fe, de nuestra esperanza, de nuestro amor, que nos han precedido en este mundo invisible, en el océano de la eternidad donde termina toda vida pasajera para llegar por fin, bajo la mirada de Dios, ante puertas bien diferentes! ¡La cruz que domina estos altares floridos, vosotros también podéis percibirlo, mis Hermanos, surgiendo del incienso bendecido sobre este mismo lugar, testigo de santas procesiones de alabanza y de súplica, testigo de milagros divinos! Vosotros la veis aquí, vosotros bien veis también la cruz más allá, extendiendo sus brazos dolorosos, ampliamente abiertos por la misericorida, situada arriba de una tumba, de miles y miles de tumbas, unas anónimas, otras en las que están grabados nombres conocidos o desconocidos, nombres de seres amados, llorados, queridos. Estos nombres, vosotros los traeis al pie de los altares; el Sacerdote y la Iglesia los hace elevar por vosotros hasta el Cordero que quita los pecados del mundo a fin de que las almas que estos nombres designan duerman en paz e ingresen al reposo eterno.
No, mis Hermanos, en estos días de cánticos y de himnos de bendición, Yo no vuelvo a abrir la fuente de vuestras lágrimas. Yo no despierto vuestro dolor sino más bien vuestro amor; este amor que se eleva al cielo, que se expande sobre la tierra y desciende hasta el abismo con los brazos de la cruz divina, con la Sangre del Cordero inmaculado; esta Sangre que en el único sacrificio incruento del Altar sella, en la comunión de los Santos, la sociedad de los Bienaventurados, la multitud de los fieles vivientes y la congregación de aquellos que han muerto en el Señor. Es una misma Cruz que corona victoriosa el pináculo de vuestras magníficas catedrales, y la que desde lo alto sondea la alegría y el dolor de las villas y de los campos, y la que hace que sean benditos una aureoloa, un altar, una tumba. Es una misma Sangre divina que rescata para el cielo y da su blancura a las túnicas de los bienaventurados, la que redime en este valle de lágrimas y la que tiñe de púrpura los labios de los Sacerdotes y de los creyentes; la Sangre que rescata del abismo y que alivia a los justos que sufren en las llamas. ¡Y qué alivio, qué liberación, qué redención hace descender a estas profundidades! ¡No es sino aquel torrente de púrpura que brotó del Gólgota, cuya fuente está en el pecho de Cristo cruficicado abierto por una caridad infinita! ¡Hé ahí hasta donde llega el amor de un Dios hecho hombre, el amor que abraza a los tres mundos de la Redención, gloriosa, Militante, Purgante!
Pero, si la cruz aporta un alivio a los justos, ella desciende asimismo como un relámpago aterrorizador sobre los espíritus rebeldes que no pueden rehusar creer en ella, pero que padecen su poder de suerte que al nombre de Jesús el Infierno mismo cae de rodillas. Contra este poder de las tinieblas que emana del abismo nosotros tenemos también que luchar con un combate ya declarado contra este mundo enteramente poseído del triple mal de la concupiscencia de la carne, de la concupiscencia de los ojos y del orgullo de la vida. Pero no temamos. Cristo ha vencido al mundo y se apresta a arrojar fuera de él al propio príncipe del mundo. Cristo ha vencido y reina no solamente con el hierro sino con el madero de la Cruz. Él se hizo Rey de Dolores para ser rey de la Consolación y de la Gloria; y al pie de su cruz, Cristo está unido a su Madre bienamada, Reina de los Mártires y Reina de la Gloria, para hacer más magnífico su triunfo sobre el Infierno y sobre el dragón, aplastado por el pied de una Mujer Inmaculada.
El triunfo de María, mis Hermanos, reflejo del triunfo eterno de Cristo, lo podeis ver aquí alrededor de la gruta de Massabielle, representado por esta blanca imagen que recuerda una visión del paraíso solo conocida por los ojos de una niña privilegiada. En la tierra, aquí mismo, ha dignado mostrarse la Mujer revestida de Sol y coronada de doce estrellas, y aquí su delicioso resplandor más brillante que el sol que la reviste, más dulce que las estrellas que la coronan, resplandece sobre el mundo. El mundo, ¡ah! Yo no sé si jamás ha habido un teatro de los más furiosos asaltos del Infierno, el envite de los combates más terribles entre la serpiente y la que le habrá de aplastar la cabeza, no lo sé, pero jamás ha pasado sobre el mundo como aquí, con un poder tal, la marea creciente de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad.
La Virgen Inmaculada, Reina de la paz, desciende sobre la tierra en este rincón perdido de los Pirineos; Ella viene a Bernardette, la hace su confidente, su colaboradora, el instrumento de su maternal ternura y de la misericordia todopoderosa de su Hijo, para restaurar el mundo en el Cristo por una nueva e incomparble efusión de la Redención; para librar no solamente la patria sino con ella al mundo entero de una servidumbre de otro modo pesada y humillante como la del yugo extranjero: la servidumbre de la carne enferma y tiránica, de la razón impotente y soberbia, del corazón desconcertado y escéptico.
¡Con qué armas, Gran Dios! ¡Y con qué mandato! Nosotros hemos comprendido. En tu grito de ¡penitencia, penitencia, penitencia!, resuena aquel de ¡la Cruz, la Cruz, la Cruz! Tú eres la mensajera de María y de Cristo, que nos ha enseñado que quienquiera que no tome su cruz para seguirLo, no es digno de Él. Tu también llevarás tu cruz: la Virgen Inmaculada, que conoció el dolor, no te prometió la felicidad en este mundo. Tu vida será también un camino sembrado con todo tipo de penas, con todo tipo de dolores del cuerpo, del espíritu, del corazón. Como la pastora de Domrémy, tu también escucharás la voz del cielo que te llama, tú tendrás tu martirio, tú también, pastorcita de Lourdes, tu entrarás en la historia de Francia, en la historia del mundo, en la historia de la Iglesia, en la historia de la Redención, en los esplendores del cielo, tú entrarás allí para quedarte para siempre.
Pero el mundo ha respondido al llamado de Bernardette. Aquí, donde antes había un desierto, donde el silencio no era turbado sino por el gemido de la tórtola y el murmullo del Gave, aquí se yergue, gigantesco desde lo alto de un templo, el signo de la Redención, y al pie de la gruta brota como un simbolo del torrente de la misericordia, el manantial de la Virgen Inmaculada. ¿No veis también como parte del triunfo de la Cruz y de María el triunfo de Bernardette contra la incredulidad, contra la duda y los desafíos, contra las ilusiones de una pretendida ciencia, contra las argucias de la prensa, contra las intrigas de los intereses y las amenazas del poder? Frente a semejante victoria ¿qué son entonces sino apenas un rumor que se extiende en el valle, una niebla que el sol disipa, una sombra y una nada, los sarcasmos de una sabiduría vana, las mofas de estos espíritus acres, maestros y conductores de la humanidad, jueces y censores de los pensamientos y de los planes de Dios, que sentenciosamente declaran pasados los tiempos en que los ciegos veían, o los paralíticos se ponían de pie y caminaban, donde las gentes ávidas de la luz de lo alto se apresuraban hacia los lugares donde la Voluntad de Dios la hacía manifestarse?
¿Para qué recordar aquí esta falsa prudencia que Dios rechaza? A los alrededores de esta gruta acuden de toda Francia humildes y arrepentidos a estas procesiones de penitencia que se desplazan en nutridas filas detrás del estandarte de la Redención. Aquí desfilan ejércitos y estandartes, los ejércitos de la paz, los estandartes de la patria eterna: se los ve inclinarse al nombre de María y bajo el perdón de Dios. Y en la avanzada de este ejército, estuvieron vuestros padres, oh, montañeses "brigourdins", oh, franceses que me escuchais, pero el mundo los persiguió, los persigue aún, y los perseguirá siempre.
Los más humildes fueron los primeros en llegar, siguen viniendo todavía; vienen los enfermos, los débiles, los que sufren, los abandonados; vienen despojos humanos que desconcertando a la ciencia se levantan y caminan; jamás en lugar alguno de la tierra se ha visto semejante cortejo de sufrimiento, jamás semejante resplandor de paz, de serenidad, y de gozo. Y después, vienen también los grandes de la tierra, las luminarias de la ciencia, los príncipes y los reyes, los ponfítices, los disidentes, los infieles, también ellos vienen.
También nosotros hemos venido y estamos aquí. ¿Pero quién nos ha conducido hasta aquí? ¿Qué amor nos atrae? La fe y la esperanza, si, ciertamente; pero es la victoria de la Caridad la que, si está enraizada en la Fe y en la esperanza obtiene de lo alto una fuerza superior. "Nunc autem manent fides, spes, caritas; tria haec, maior autem horum est caritas" (I Cor. xiii). ¿No es la Caridad la que hace que los fieles no tengan sino un mismo corazón y una misma alma? No es la caridad que une en un solo reino de la Redención, el cielo, la tierra y el Purgatorio? Si, la caridad es amor; si, la caridad es unión; la unión aproxima el cielo y la tierra; la unión reune en una sola persona divina el limo de nuestra naturaleza y la divinidad de tal suerte, que un hombre es el mediador entre Dios y el hombre, y este hombre es Cristo Jesús que nos ama y que se entrega Él mismo en recompensa por todos nosotros. No hay más que un solo cuerpo y un solo Espíritu, como así también nosotros somos llamados por nuestra vocación a una sola esperanza; un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo; un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús: "Unus enim Deus, unus et mediator Dei et hominum, homo Christus Iesus, qui dedit redemptionem semetipsum pro omnibus"(Tim I, ii).
La Redención es por lo tanto el triunfo de la caridad y del amor de Cristo por su Padre y por nosotros. Para inflamar la tierra con este fuego de amor Él descendió de los Cielos; se hizo semejante a nosotros, porque el amor exige la semejanza; nos dejó el sacramento de su amor, el testimonio de su ternura, y el himno de la ternura que fue su adiós supremo a sus discípulos antes de ir a morir por nosotros; y al expirar en la Cruz nos amó hasta el fin dándonos por Madre a Aquella cuya sangre corría por sus venas mientras la derramaba por nosotros. Congreguémonos junto a la Cruz, oh, cristianos, con la Virgen Inmaculada, con el discípulo bien amado, poeta de la caridad, con la penitente de Magdala, despertando y reanimando nuestro amor. Aferremos, abracemos la cruz, pero con el Crucificado, porque es en el Crucificado que está nuestra Redención, nuestra vida y nuestra resurrección; y quienquiera que crea en Él, si estuviera muerto, vivirá, y ninguno de los que viviendo crean en Él morirá eternamente.
¿No es para encender en nuestros corazones este amor, esta caridad que sobrepasa la fe y la esperanza, sin la cual la esperanza engaña y la fe no sirve de nada?, ¿este Jubileo de la Redención no fue acaso instituido para reavivar en nosotros la alabanza de gratitud para con la inefable caridad de Cristo, que renovando místicamente el sacrificio cruento del Gólgota en nuestros altares por un milagro continuo se dirige por nosotros ante Su Padre Celestial, adorando, implorando, pidiendo perdón y dando gracias? Después de diecinueve siglos llama de manera extraordinaria la soberana expresión del amor del Hijo de Dios hecho hombre que habitó entre nosotros, que se hizo víctima y recompensa por nostros muriendo sobre la Cruz para que nosotros sepamos cuánto le ha costado a su amor nuestra alma, esta alma rescatada no por un valor en oro o plata, sino al precio de su Sangre preciosa, Él, el Cordero puro e inmaculado. ¿Cual será entonces ésta, nuestra gratitud, por un beneficio tan eminente sino aquella del amor, del amor que nos reviste de Jesucristo y que uniéndonos a Él le hace vivir en nosotros y nos hace a nosotros vivir en Él, a tal punto, que ya nada pueda separarnos de Él: ni la tribulación, ni la angustia, ni el hambre ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecusión ni la espada? ¿Pero a quién podríamos recurrir entonces para obtener y conservar esta gratitud con un amor indefectible, sino a Aquella que es para nosotros toda bondad y abogada todopoderosa delante del trono del Redentor? ¿A quién invocaremos sino a esta Estrella del mar en medio de las agitaciones de nuestra vida y de las tempestades que amenazan la paz de los pueblos y de las naciones? Es también a estos pueblos y a estas naciones que la caridad, que desciende del cielo donde toma su llama de Dios y de Jesucristo, que extiende sus grandes brazos para que todos seamos hechos a imagen y semejanza de un solo Creador, que hizo descender de un solo padre toda la raza de los hombres dispersados en toda la extensión de la Tierra, estableciendo todos los tiempos y todas las fronteras de sus moradas. Todos nosotros somos hijos de una sola Redención y del dolor de una sola Madre celestial; somos hermanos, y somos llamados a la libertad de los hijos de Dios por aquella libertad por la que Cristo nos ha hecho libres.
¡Si, oh, Virgen Inmaculada, clementísima y poderosísima, Vos sois nuestra Madre! De vuestro trono de Reina del Cielo os habeis dignado venir entre nosotros a este rincón afortunado de la tierra francesa; e igual que la realidad de la fe, invisible al mundo pero no a la inocente niña elegida por Vos como confidente y colaboradora de las maravillas de vuestro amor por nosotros. Habeis hecho de esta peña de Massabielle una nueva montaña de la gloria de Dios en medio de las tinieblas de la incredulidad y del pecado; un faro luminoso de esperanza para la salvación de los pueblos. Pero esta montaña y esta gruta bendita evocan en nosotros el recuerdo de otra montaña y de otra gruta, el Gólgota y el Sepulcro donde vuestro dolor y vuestras lágrimas de Madre en la hora más aciaga y más divina de la Redención se unían a la suprema tortura, a la muerte y a la sepultura de vuestro Hijo crucificado, Redentor del mundo. En aquel día, con sus tinieblas, Oh, Reina de los Mártires, vuestra fe, vuestra esperanza, vuestro amor permanecieron firmes y dirigidos al cielo como Vos misma permaneciais de pie junto a la Cruz; allí Vos fuisteis proclamada nuestra Madre por la divina palabra de vuestro Hijo divino y por la Sangre que desde sus llagas descendía sobre Vos para teñiros de púrpura y consagrar vuestro amor por nosotros. De estas tinieblas ha surgido el sol de este día en que conmemoramos el cumplimiento de nuestra Redención.
¡Vos, nuestra Corredentora, Vos, primicias de la gracia de la Redención tened piedad de nosotros, vuestros pobres hijos! Dadnos el corage de vuestra Fe, la firmeza inconmovible de vuestra esperanza, el ardor de vuestro amor por Jesús, Hijo del Padre y vuestro Hijo, nuestro Redentor y nuestro hermano; interceded por nosotros cerca de Él, aplacad su justicia; obtenednos la luz de la Verdad y que ésta alcance también a los espíritus ciegos cuyo orgullo se levanta contra el Altísimo; que los extraviados y los inducidos al error hallen el camino correcto, y que por Vos, Reina de la Paz, triunfadora contra todo error, la Iglesia prosiga libremente sin mancha y expanda por el mundo los frutos divinos de la Redención. Proteged el rebaño bendito de vuestro Hijo y el Pastor augusto (Pío XI) que lo conduce por pasturas de salvación y que está presente en espíritu entre nosotros. Proteged a esta nación tan cara a vuestro corazón y a todo el pueblo cristiano acogido aquí a vuestros pies de todas las partes del mundo, o que al menos está vuelto a este lugar por el deseo y unido a nosotros por la oración. ¡Que por Vos, oh, Virgen Inmaculada, oh, Madre del Redentor, nuestra esperanza y nuestra salud, el olivo de la concordia y de la paz reflorezca sobre la tierra, reflorezca en los corazones la pureza, el ardor y la constancia en la virtud y el sacrificio para el bien; y que por sus méritos, la Sangre del Redentor nos abra las puertas del cielo y nos sumerja en el gozo de contemplaros, a Vos, oh, María, y a la Trinidad Santísima en los esplendores de los Santos! Así sea.
Fin.
Facsímil del diario relatando la histórica visita del Cardenal Pacelli a Francia con motivo del Jubileo de la Redención
En la primera foto puede verse parte de la multitud que asistió a la Misa en que fue dicho este sermón, y que le recuerda la imagen apocalíptica de la Jerusalén Celestial. En la foto del centro puede verse al Cardenal Pacelli dejando el altar de la gruta de Lourdes, y abajo, se lo ve orando a la Virgen.
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