EL AYUNO, Segundo Precepto de la Santa Iglesia Católica
El Segundo Precepto de la Santa Iglesia Católica comprende tres divisiones: 1) Abstinencia (de carne) únicamente, 2) Ayuno y Abstinencia juntos, y 3) Ayuno solamente
Por el segundo Precepto de la Iglesia se nos ordena abstenernos de carne todos los Viernes del año; hacer ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza, los Viernes y Sábado de Cuaresma, los días de Semana Santa y ceniza y en la vigilia de algunas fiestas; y a ayunar todos los demás días de Cuaresma. (esta norma fue modificada por el Papa Pio XII, dejando la abstinencia de carne solo los Viernes de Cuaresma y los Viernes del año y Sabado de Vigilia, ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Jueves y Viernes Santo. La norma puede variar en las distintas partes del mundo, acomodadas a Bulas o regulaciones episcopales locales. N. del T.)
1.- EL AYUNO ES SALUDABLE TANTO PARA EL ALMA COMO PARA EL CUERPO
2.- DIOS NO QUIERE EL EXCESO EN EL AYUNO
3.- EL AYUNO POR SI MISMO, SIN LA ORACIÓN Y LAS BUENAS OBRAS NO SIRVE
El poder del entendimiento se agudiza con la moderación en la comida. En la corte de Nabucodonosor, Daniel se alimentaba con legumbres y agua, y sobrepujaba en entendimiento, conocimiento y sabiduría a todos los sabios del reino (Dan. I). El alma se fortalece con el ayuno, y se hace capaz tanto de someter al cuerpo (1Cor.IX,27), como de superar las tentaciones del demonio. Una fortaleza cae cuando la soldadesca tiene hambre; así el cuerpo, bajo la exigencia del hambre se somete a la voluntad y a la inteligencia.
Nuestros cuerpos han de ser domados como las fieras salvajes. El demonio considera los apetitos de la carne sus mejores aliados; sabe que el enemigo que está sentado a la mesa es el que puede infligir el mayor daño. Ayunando encadenamos a nuestro enemigo con el fin de que no ande rondándonos. El ave de presa ama las piezas gordas, y no busca víctimas enflaquecidas. El atleta que “se abstiene de todas las cosas” (1 Cor. 9, 25) como preparación para la carrera es el que tiene más oportunidad de conquistar el premio.
El ayuno también permite alcanzar un alto grado de virtud. Inclina al hombre a la oración; lo ayuda a superarse, a ser amable, paciente y casto; lo asemeja a los ángeles, que ni comen ni beben. A medida que la parte animal de nuestra naturaleza disminuye, nuestra naturaleza espiritual se vigoriza; como las pesas de la balanza: mientras una desciende, la otra asciende.
Nuestra salud mejora y nuestra vida se prolonga con la sobriedad que engendra la buena salud. Los ermitaños del desierto de Tebas ayunaban rigurosamente, y vivían hasta alcanzar los cien años. Hipócrates, el padre de la Medicina, alcanzó la edad de 140 años; él lo atribuía al hecho de que jamás había comido hasta saciar el apetito. El Sabio dice: “El que se abstiene extenderá su vida” (Ecles. 37, 34); “El hombre sobrio también duerme profundamente” (Ecles. xxxi, 24).
El ayuno nos alcanza el perdón de nuestros pecados; véase lo que acaeció a los ninivitas cuando ayunaron; también por el ayuno reducimos en alguna medida nuestro Purgatorio. Dios escucha y responde las oraciones de quienes ayunan; Él escuchó las oraciones del centurión, que ayunó hasta la hora nona (Actas x, 30), y le envió un Ángel. Cuando Holofernes impuso el sitio de Betulia, sus habitantes se sometieron ellos mismos a la oración y el ayuno, y fueron librados de forma extraordinaria por conducto de Judith. San Agustín denomina al ayuno y la limosna los dos engranajes de la oración.
El ayuno es un medio de obtener gracias particularísimas, porque Dios acostumbró siempre recompensarla con favores especiales. Después de que Moisés hubo ayunado fue admitido al honor de conversar con Dios en el Sinaí. Cumplido el prolongado ayuno de Elías, Dios se le apareció en Monte Horeb (3, Reyes,29).
El que ayuna torna a ser paulatinamente más espiritual; en alguna medida, es divinizado, de aquí que Dios conceda trato personal con él (Rodríguez).
El ayuno será recompensado en la otra vida. Moisés y Elías estaban presentes en el momento de la Transfiguración de Nuestro Señor, porque solo ellos entre todos los patriarcas fueron los que ayunaron durante 40 días como Nuestro Señor. Es por ello que vemos la gloria que está reservada en la vida futura para aquellos que ayunan en esta vida. En el Prefacio de Cuaresma la Iglesia canta: “Quien por el ayuno corporal refrenas nuestros vicios, elevas la mente y nos concedes fuerza y recompensa.”
Nadie debe llevar el ayuno hasta un exceso, porque lo que Dios nos pide no es sino un servicio razonable (Rom, xii,1).
Quien se excede en al ayuno es como un entrenador que fustiga con el látigo a sus caballos para que galopen, corriendo el riesgo de voltear el carro y quedar fácilmente atrapado en él. Incluso algunos Santos ayunaron en exceso y después lo lamentaron. Ninguno debe aventurarse a hacer más de lo que la norma prescribe, sin contar antes con el consejo de su confesor. La obediencia es mucho mejor que la piedad al propio modo. Como norma general, es preferible la moderación cada día de la semana, que el ayunar rigurosamente durante uno o dos días. La finalidad del ayuno es destruir los deseos malos del cuerpo, y no al propio cuerpo. Debemos comportarnos hacia nuestro cuerpo como un padre lo hace con su hijo; no se lo castiga cuando es dócil, sino cuando es desobediente. El ayuno, como las medicinas, debe hacerse con moderación o resultará perjudicial.
La abstinencia de comida únicamente complace a Dios si al mismo tiempo nos abstenemos de pecar y hacemos obras buenas.
En sí, el ayuno no es un cosa excelente (1 Cor. VIII,8), sino solamente como medio por el cual se facilita dominar nuestros vicios y practicar la virtud. ¿Cómo puede aprovechar al hombre si se abstiene de comer carne, y por sus calumnias destruye la reputación de su prójimo? Un hombre semejante puede comparaerse con un sepulcro blanqueado, hermoso por fuera pero pestilente por dentro (Mat. XXiii, 27).
El demonio no come, y sin embargo se dedica sin pausa a hacer el mal. El ayuno sin la oración es como una lámpara sin aceite, porque únicamente para orar mejor. El ayuno sin la limosna es un campo sin semillas; hace crecer las malas hierbas de la avaricia. Es uno que ayuna por sí mismo, y no por Dios, y que no da al pobre aquello de lo que se priva.
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Lecturas tomadas del Catecismo de Spirago-Clarke: "THE CATECHISM EXPLAINED. An Exhaustive Explanation of the Catholic Religion, 1899". Reimpresión de la edición fotostática de 1921, pág 361 y sig. Traducción de La Esquina.
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