PROTESTA DE FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA CATÓLICA (Bourdaloue)
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Gracias inmortales te sean dadas, Señor, por haberme hecho nacer en Tu Iglesia, por haberme alimentado con su pan y es decir, con la doctrina de la Iglesia formada con la sangre de tu adorable Hijo, de esta Iglesia Católica, Apostólica, Romana, la sola verdadera; de esta iglesia, columna de la verdad contra la que todos los poderes del infierno no han prevalecido ni prevalecerán nunca.
He ahí, Señor, la elección que te has dignado hacer de mí entre tantos otros que has dejado sumidos en las tinieblas de la infidelidad y del error, y he ahí la que yo debo considerar como un signo de predestinación por la que nunca te bendeciré bastante. Pero aun has hecho más Señor, y, al colocarme en el seno de tu iglesia, me has dado un afecto piadoso por esa santa Madre, por sus intereses, por su honor, por su afianzamiento y por su propagación. Si me hallo en el estado en que me encuentro, honrándome de pertenecer a ella y de todo lo que a ella se refiera y sintiendo todo lo que puede debilitar su autoridad, eres Tú, Dios mío, Quien me has inspirado estos sentimientos y yo los cuento entre las gracias más especiales.
Entre los hijos que la Iglesia ha educado, que tantas veces ha recibido en sus divinos misterios, por quienes ha empleado todos sus tesoros, no vemos a menudo, por desgracia, sino demasiados que la tratan con la última indiferencia y hasta podría añadir, con el último desprecio. Gentes siempre decididas a burlarse de sus prácticas, a censurar la conducta de sus ministros, a gozar con sus tribulaciones, con sus escándalos, con sus aflicciones y con sus pérdidas. ¡Y sin embargo, es nuestra madre!
En cuanto a mí, Dios mío, y aunque el más indigno de sus hijos, no perderé nada de la humildad y de la poca estimación de mi mismo que me convienen dando testimonio ante Ti y por tu Gloria, de que todo lo que parte de tu Iglesia me es y me será siempre respetable, siempre venerable, siempre precioso y sagrado; de que todo lo que la ataca me hiere en lo más vivo de mi corazón y de que en sus pruebas y en sus dolores padezco tanto como ella. Si, Dios mío, lo repito; en esta confesión que hago en tu presencia y que estoy dispuesto a repetir delante del mundo entero, encuentro un consuelo que no puedo explicar porque en ella veo uno de los gajes más seguros de mi salvación.
No permitas, Dios mío, que pierda nunca este espíritu de sumisión y de docilidad hacia la Iglesia, que es el carácter distintivo de los elegidos. Tu nos has predicho, Señor, que en todos tiempos habría disputas, cismas, luchas, y yo veo en mis días muchos movimientos y agitaciones y oigo muchos discursos, razonamientos que confirman lo que Tu dijiste, pero entre tantas opiniones como dividen los espíritus, voy al oráculo, consulto a la Iglesia y me atengo a lo que ella enseña y desde el momento en que ha hablado, me someto y callo.
Así, Dios mío, resuelvo todas las dificultades; así mi fe se hace más pura, más firme, más segura y más tranquila. En medio de las tempestades y de los huracanes, me echo en la barca de Pedro y por más combatida que esté por las olas irritadas, gozo en ella de la dulzura y de la calma más profundas. Paso rasando los escollos y no temo nada. ¿Por qué? Porque sé que en ella no hay tempestades, huracanes ni escollos que temer.
¡Dichoso yo, Dios mío, si con una vida conforme a la enseñanza divina y a las santas reglas de la Iglesia, en la que he tenido la felicidad de ser educado y por la que he sido adoptado entre tus hijos, merezco participar un ´día de la dicha de tus elegidos! Así sea"
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