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“Fracasos” en las obras de bien
Tomado de Dom Vital Lehodey: EL SANTO ABANDONO.

“Hablemos ante todo de «ciertos bienes morales o espirituales, como el ejercicio de una función de celo, la dirección de una obra de caridad», todas nuestras empresas exteriores para la gloria de Dios.

“Es posible que la Providencia no nos los exija; y en tal caso, dice el Padre Dosda, «el verdadero amor de Dios nos obliga o nos aconseja sacrificar estos bienes secundarios al bien supremo, que es la voluntad de Dios. En este punto, personas, por demás excelentes, encuentran a veces un escollo peligroso;  es decir, que confunden el amor de Dios con el amor del bien, siendo dos cosas muy distintas. Hay circunstancias en que es preciso abandonar el bien que Dios no nos exige, para unirse a Dios solo y para entregarse por completo a la Divina Providencia».

“Cuando estas en obras nos emplea, es necesario no buscar en ellas sino a Dios y con estas miras sobrenaturales.

«Buscar el bien, continúa el mismo autor, no es la verdadera caridad cuando se quiere el bien con mala intención, ni aun cuando se quiere el bien por el bien. La Divina Caridad quiere sin duda el bien, pero lo quiere por Dios. ¡Cuántos desalientos, cuántas envidias, cuántas pequeñeces en los hombres menos amigos de nuestro Señor que del bien! Sus esfuerzos por el bien no tienen con frecuencia resultado, y se desconciertan por ello. Ven a otros que comparten sus trabajos y los envidian y les consume hasta el punto de que, para salir airosos de sus empresas, no temen desacreditar o contrariar a otros obreros de la misma grande obra, la de la Redención. Amanse a sí mismos y prefieren el bien humano al bien divino; aparentan ir a Jesucristo, y no hacen sino un hábil, y con frecuencia inconsciente  rodeo para volver a sí mismos, ignorando la diferencia que media entre un hombre de bien y un hombre de Dios. ¡Cuántas obras brillantes en apariencia, son estériles en realidad, porque el amor propio más bien que el amor divino, había precedido a su formación y a su dirección!»

“No contentos con vigilar sobre la pureza de intención en todas nuestras empresas, nos es preciso adherirnos fuertemente al deber, es decir, a la voluntad sola de Dios, y hacernos indiferentes por virtud al éxito o al fracaso. En efecto, por una parte, creemos prudentemente que Dios exige de nosotros por el momento estas obras, y por otra, jamás conocemos sus ulteriores intenciones; «con frecuencia, y a fin de ejercitarnos en esta santa indiferencia (en las cosas de su servicio) nos inspira proyectos muy elevados en los que, sin embargo, no quiere que haya éxito». Parece esto un juego de la Providencia, mas es un juego muy lucrativo, en que se gana perdiendo, pues Dios tiene ahí reservados a la vez el beneficio de piadosos deseos de un trabajo concienzudo y de la prueba bien aceptada. Por el contrario, el éxito  quizá nos hubiera hecho perder la humildad, el desasimiento y aun otras virtudes. Esto supuesto, «lejos de abandonar los asuntos a merced de los acontecimientos, es preciso no olvidar nada de cuanto se requiere para conducir a feliz éxito las empresas que Dios pone en nuestras manos; a condición, sin embargo, de que, si el desenlace es contrario, lo recibamos pacífica y tranquilamente, porque nos está mandado tener un gran cuidado de las cosas que miran a la Gloria de Dios y que nos han sido encomendadas, mas no estamos obligados ni encargados del resultado, ya que ésta no está a nuestro alcance. De aquí que nos es preciso ya comenzar y proseguir la obra mientras se pueda, osada, animosa y constantemente; y del mismo modo es necesario conformarse dulce y tranquilamente con el resultado, tal como Dios sea servido disponérnoslo.»

“Y el piadoso obispo (san Francisco de Sales, sobre el mismo tema) añade: “¡Qué dichosas son tales almas, osadas y fuertes en las empresas que Dios las inspira, dóciles y dispuestas a abandonarlas cuando así Él lo dispone! Estas son señales de una indiferencia muy perfecta, cesar de hacer un bien cuando ello agrada a Dios, y volverse en la mitad del camino cuando la voluntad de Dios, que es nuestra guía así lo ordena.” ¡Cuánto glorifica a Dios y a nosotros enriquece abandono semejante! Por el contrario, ¡qué poco sobrenatural se muestra quien se deja entonces dominar por la inquietud, el disgusto, el desaliento!

“Nosotros queremos que aquello que emprendemos y tratamos tenga feliz resultado, pero no es razonable que Dios haga todas las cosas a nuestro gusto.”

Si acontece que el fracaso ha sido motivado por culpa nuestra, por ejemplo, una falta de celo o de prudencia, ¿podremos, aun en este caso, decir que es necesario conformarse con la voluntad de Dios? Ciertamente, puesto que reprueba la falta, mas quiere el castigo. «Dios no fue causa de que David pecase; mas le infligió la pena debida por su pecado. No fue causa del pecado de Saúl, pero sí de que, en castigo, no consiguiese la victoria. Cuando, por consiguiente, sucede que los designios santos no obtienen resultado en castigo de nuestras faltas, es necesario igualmente detestar la falta por un sincero arrepentimiento y aceptar la pena que por ello sentimos, porque así como el pecado es contra la voluntad de Dios, así la pena es conforme a su voluntad.”

En una palabra, todas nuestras empresas para gloria de Dios reclaman su acción y la nuestra. “A nosotros nos toca plantar y regar, pero sepamos que es Dios quien da el crecimiento.” Debemos, pues, hacer lo que de nosotros depende y poner el éxito en manos de la Providencia.

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