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MARÍA SANTÍSIMA CORREDENTORA y MEDIADORA DE TODAS LAS GRACIAS

ENSEÑANZA CATÓLICA AL RESPECTO

Ofrecemos en este día a nuestros lectores, en la Fiesta de la Virgen de los Siete Dolores, este sublime artículo para entender y valorar cómo verdadera y eficazmente la SSVM en MEDIADORA UNIVERSAL y CORREDENTORA CON CRISTO DEL GÉNERO HUMANO.

La Santísima Virgen, MODELO DE TODA VIRTUD y VIDA CONSAGRADA A DIOS, coopera con Cristo en el plan salvífico, no para su propia gloria ni para su realización personal; sino para la gloria de Dios y la salvación del género humano; no para suplantar a Cristo Sumo Sacerdote sino para servirle en toda la medida de su gracia, de su humildad, de su obediencia, de su amor y de su sacrificio dolorosísimo al pie de la Cruz; llena de Gracia, sin pecado original y Virgen antes durante y después de dar a luz a su divino Hijo .

“Por aquel libre Fíat, la Virgen cooperó al sacrificio de la Cruz, pues que así nos dio el Sacerdote y la víctima.”

“Todos los tormentos que Él sufrió en su cuerpo y en su alma, los sintió Ella en la medida de su amor…sufrió por el pecado en la medida de su amor a Dios, a Quien el pecado ofende; del amor a su Hijo, a Quien el pecado crucificó, y del amor a las almas, a las que el pecado estraga y da la muerte.”

“Una sola cruz bastó para hijo y madre, ya que en cierto modo María Santísima fue en ella clavada por su amor a Jesús. Así fue corredentora, como dice Benedicto XV, en el sentido de que con Jesús, en Él y por Él, rescató al género humano” (

Padre Reginald Garrigou-Lagrange, OP: Las Tres Edades de la Vida Interior

LA INFLUENCIA DE MARÍA MEDIADORA
Padre Reginald Garrigou-Lagrange, OP (n.1877 - +1964)

Al ocuparnos de los fundamentos de la vida interior, no es posible tratar de la acción de Jesucristo, mediador universal, sobre su cuerpo místico, sin hablar igualmente de la influencia de María Mediadora.

Hay muchos ilusos, decíamos, que pretenden alcanzar la unión con Dios, sin recurrir constantemente a Nuestro Señor que es el camino, la verdad y la vida. Otro error sería querer llegar a Nuestro Señor sin pasar por María a quien la Iglesia llama, en una fiesta especial, Mediadora de todas las gracias. Los protestantes cayeron en este error. Sin llegar a esta desviación, hay católicos que no comprenden la necesidad de recurrir a María para conseguir la intimidad con el Salvador. El B. Grignon de Montfort habla también de «Doctores que no conocen a la Madre de Dios, sino de una manera especulativa, árida, estéril e indiferente; que temen abusar de la devoción a la Santísima Virgen, hacer injuria a Nuestro Señor honrando demasiado a su Santísima Madre. Si hablan de la devoción a María, no es tanto para recomendarla como para reprobar las exageraciones».

Para formarnos idea exacta de esta devoción, veremos qué se entiende por mediación universal y cómo María es la medianera de todas las gracias, según lo afirma con la Tradición, el Oficio y Misa de María Mediadora que se reza el 31 de Mayo. Mucho se ha escrito sobre el asunto en estos últimos tiempos; consideraremos esta doctrina en sus relaciones con la vida interior.

¿Qué se entiende por mediación universal?

“Al oficio de mediador”, dice Santo Tomás, “corresponde el acercar y unir a aquellos entre quienes ejerce tal oficio; porque los extremos se unen por un intermediario”. Ahora bien, unir los hombres a Dios es propio de Jesucristo que nos ha reconciliado con el Padre, según las palabras de San Pablo (II Cor., v19): “Dios reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo. Por eso sólo Jesucristo es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, cuanto por su muerte reconcilió con Dios al género humano.” Igualmente, después de decir San Pablo: “Uno sólo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hecho hombre”, continúa: ·”que se ha entregado en rehén por todos. Nada impide, sin embargo, que, en cierto modo, otros sean dichos mediadores entre Dios y los hombres, en tanto cooperan a la unión de los hombres con Dios, como encargados o ministros.”

En este sentido, añade santo Tomás los profetas y sacerdotes del Antiguo Testamento pueden llamarse mediadores; y lo mismo los Sacerdotes de la Nueva Alianza, como ministros del verdadero mediador.

“Jesucristo”, continúa el Santo, “es mediador en cuanto hombre; porque en cuanto hombre es como se encuentra entre los dos extremos: inferior a Dios por naturaleza, superior a los hombres por la dignidad de su gracia y de su gloria. Además, como hombre unió a los hombres a Dios enseñándoles sus preceptos y dones, y satisfaciendo por ellos.” Jesús satisfizo como hombre, mediante una satisfacción y un mérito que de su personalidad divina recibió infinito valor. Estamos pues ante una doble mediación, descendente y ascendente, que consistió en traer a los hombres la luz y la gracia de Dios, y en ofrecerle, a favor de los hombres, el culto y reparación que le eran debidos.

Nada impide pues, que, como acabamos de decir, haya otros mediadores secundarios, como lo fueron los profetas y los sacerdotes de la antigua Ley para el pueblo escogido. Por eso podemos preguntarnos si no será María la mediadora Universal para todos los hombres y para la distribución de todas y cada una de las gracias. San Alberto Magno habla de la mediación de María como superior a la de los profetas cuando dice: “Non est assumpta in ministerium a Domino, sed in consortium et adjutorium, juxta illud: Faciamus ei adjutorium similie sibi”; María fue elegida por el Señor, no como ministra, sino para ser asociada de un modo especialísimo y muy íntimo a la obra de la redención del género humano.

¿No es María, en su cualidad de Madre de Dios, naturalmente designada para ser mediadora universal? ¿No es realmente intermediaria entre Dios y los hombres? Sin duda, por ser una criatura, es inferior a Dios y a Jesucristo; pero está a la vez muy por encima de todos los hombres en razón de su maternidad divina, «que la coloca en las fronteras de la divinidad» (Cajetanus), y por la plenitud de la gracia recibida en el instante de su concepción inmaculada, plenitud que no cesó de aumentar hasta su muerte.

Y no solamente por su maternidad divina era María la designada para esta función de mediadora, sino que la recibió y ejercitó de hecho.

Esto es lo que nos demuestra la Tradición, que le ha otorgado el título de mediadora universal, aunque subordinada a Cristo; título por lo demás consagrado por la fiesta especial que se celebra en la Iglesia universal.

Para bien comprender el sentido y el alcance de este título, consideremos que le conviene a María por dos razones principales: 1º, por haber ella cooperado por la satisfacción y los méritos al sacrificio de la Cruz; 2º, porque no cesa de interceder a favor nuestro y de obtenernos y distribuirnos todas las gracias que recibimos del cielo.

Tal es la doble mediación, ascendente y descendente, que debemos considerar, para aprovecharnos de ella sin cesar.

María Mediadora por su cooperación al Sacrificio de la Cruz

Durante todo el curso de su vida en la tierra, hasta el Consummatum est Todo está cumplido»), la Virgen cooperó al Sacrificio de su Hijo.

En primer lugar, el libre consentimiento que dio el día de la Anunciación era necesario para que el misterio de la encarnación fuera una realidad; como si Dios, dice Santo Tomás (III, q.30, a.1), hubiera esperado el consentimiento de la humanidad por al voz de María. Por aquel libre Fiat, la Virgen cooperó al sacrificio de la Cruz, pues que así nos dio el sacerdote y la víctima.

Cooperó asimismo al ofrecer su Hijo en el templo, como una hostia purísima, cuando el viejo Simeón, ilustrado por luz profética, veía en este infantito “la salud dispuesta por Dios para todos los pueblos, la luz de la revelación para los gentiles, y la gloria de Israel” (Luc., II, 31). María, más iluminada que el mismo Simeón, ofrendó su Hijo y comenzó a sufrir dolorosamente con Él, al oír al santo anciano anunciar que aquel niño sería “un signo de contradicción”, y que “una espada traspasaría el alma de su madre” (Ibid.).

Pero fue sobre todo al pie de la Cruz donde María cooperó al sacrificio de Cristo, al unirse a Él en la satisfacción y en los méritos, más íntimamente que lo que lengua humana pueda expresar. Algunos Santos, particularmente los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los sufrimientos y a los méritos del Salvador; un San Francisco de Asís, por ejemplo, y una Santa Catalina de Siena. Pero fue muy poca cosa en comparación con la unión de la Virgen.

¿Cómo ofreció María a su Hijo? De la misma forma que su Hijo se ofrendó. Jesús hubiera podido fácilmente, por milagro, impedir que los golpes de sus verdugos le causaran la muerte; pero se inmoló voluntariamente. “Nadie me quita la vida, ha dicho Él mismo, sino que soy yo quien la da; pues tengo el poder de darla y el de volverla a recuperar”(Juan, x, 17). Renunció Jesús a su derecho a la vida y se ofrendó entero por nuestra salvación.

Y de María se dicen en San Juan, xix, 25: “Stabat juxta crucem Jesu mater ejus” (Estaba junto a la Cruz de Jesús su madre), junto a la Cruz de Jesús se hallaba de pie su Madre, e indudablemente muy unida a Él en sus dolores y su oblación. Como dice el Papa Benedicto XV: “Renunció a sus derechos de madre por la salvación de todos los hombres”.

La Santísima Virgen aceptó el martirio de Jesús y lo ofreció por nosotros; todos los tormentos que Él sufrió en su cuerpo y en su alma, los sintió Ella en la medida de su amor. Como ninguno, padeció María los sufrimientos mismos del Salvador; sufrió por el pecado en la medida de su amor a Dios, a quien el pecado ofende; del amor a su Hijo a quien el pecado crucificó, y del amor a las almas, a las que el pecado estraga y da la muerte. Y la caridad de la Virgen era incomparablemente superior a la de los mayores Santos.

Así cooperó al sacrificio de la Cruz a guisa de satisfacción o reparación, ofreciendo a Dios por nosotros, con gran dolor y amor ardentísimo, la vida de su Hijo bien amado, más precioso para ella que su propia vida.

En aquel instante, el Salvador satisfizo por nosotros en estricta justicia, mediante sus actos humanos que, por su personalidad divina, tenían valor infinito, suficiente a reparar la ofensa de todos los pecados mortales juntos y aun más. Su amor complacía a Dios más que lo que todos los pecados pudieran desagradarle (Santo Tomás, III, q., a.2). Ésta es la esencia del misterio de la Redención. En el Calvario, y en unión con su Hijo, María satisfizo por nosotros, con una satisfacción fundada, no en la estricta justicia, sino en los derechos de la íntima amistad o caridad que la unía a Dios.

En el momento en que su Hijo iba a morir crucificado, aparentemente vencido y abandonado, ella no cesó un solo instante de creer que Él era el Verbo hecho carne, el Salvador del mundo que, tres días después, resucitaría como había predicho. Fue éste el más grande acto de Fe y de Esperanza; y fue igualmente, después del amor de Cristo, al mayor acto de amor. Él hizo de María la Reina de los mártires, siendo ella mártir, no sólo por Jesús, sino juntamente con Él, en tal forma que una sola cruz bastó para hijo y madre, ya que en cierto modo María fue en ella clavada por su amor a Jesús. Asi fue CORREDENTORA, como dice Benedicto XV, en el sentido de que con Jesús, en Él y por Él, rescató al género humano.(Cita en la Encíclica del Denzinger, Enchiridion, nº3034, nota 4).

Por la misma razón, todo lo que Jesucristo en la Cruz nos ha merecido en estricta justicia, María nos lo ha merecido con mérito de conveniencia fundado en la caridad que a Dios la unía. Sólo Jesucristo, como cabeza de la humanidad, pudo merecer estrictamente transmitirnos la vida divina, pero S.S. Pío X confirmó la doctrina de los teólogos cuando escribió: “María, unida a Cristo en la obra de la Redención, nos mereció de congruo (con mérito de conveniencia) lo que Jesucristo nos mereció de condigno” (Cf. Pium X, Encyclica “Ad diem illum”, 2 de febrero de 1904 (Denzinger, Ench., nº3034 –sigue cita latina-;… hay que notar que el mérito de congruo, que se funda in jure amicabili seu in caritate, es ciertamente un mérito propiamente dicho, aunque inferior al de condigno; la palabra mérito se dice de los dos según una analogía de proporcionalidad propia y no sólo metafórica).

El primer fundamento tradicional de esa enseñanza común de los teólogos, y sancionada por los soberanos Pontífices, es que María, en toda la tradición griega y latina, es llamada la nueva Eva, Madre de todos los hombres para la vida del alma, como Eva lo fue para la vida corporal. Y la madre espiritual de los hombres debe, pues, darles esa vida espiritual, no como causa física principal (que es Dios solo) sino moralmente, por mérito de congruo, ya que el otro mérito pertenece a Jesucristo.

El oficio y la Misa propios de María mediadora reúnen los principales testimonios de la Tradición y su fundameneo escriturario, particularmente los clarísimos textos de San Efrén, gloria de la iglesia siria, de San Germán de Constantinopla, de San Bernardo y de San Bernardino de Siena.

Aún en el segundo y el tercer siglo, San Justino, San Ireneo y Tertuliano insistían en el paralelo entre Eva y María, y enseñaban que si la primera concurrió a nuestra caída, la segunda colaboró a nuestra redención («…El género humano encadenado por una virgen, por otra Virgen fue liberado…, y quedaron rotas las ligaduras que nos encadenaban» (San Ireneo). «María es, después de Jesús, mediador por excelencia, la mediadora del mundo entero, mediatrix totius mundi, y que por ella obtenemos todos los bienes espirituales» (San Efrén). «Nadie se salva sino por ti, oh Santísima, nadie queda libre de sus males sino por ti, oh Inmaculada; nadie recibe los dones de Dios sino por ti, oh Purísima» (San Germán de Constantinopla). «Oh medianera y abogada nuestra, reconciliadnos con vuestro Hijo, encomendadnos y presentadnos a Él». (San Bernardo, segundo Sermón de Adviento,5).

Estas enseñanzas de la Tradición descansan, en parte, en las palabras de Jesús narradas en el Evangelio de la Misa de María Mediadora: El Salvador estaba a punto de expirar, y “viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la tomó por tal” (Juan xix, 27).

El sentido literal de estas palabras: «he ahí a tu hijo», se refiere a San Juan; pero para Dios los sucesos y las personas significan varias cosas; y en este lugar, San Juan designa espiritualmente a todos los hombres rescatados por el sacrificio de la Cruz. Dios y su Cristo hablan no sólo mediante las palabras que emplean, sino a través de los sucesos y personas que les están sujetos, y por ellos dan a entender lo que les place dentro de los planes de la Providencia. Al tiempo de morir, al dirigirse Jesús a María y a Juan, vio en este último la personificación de todos aquéllos por quienes derramaba su sangre. Y como estas palabras crearon, por decirlo así, en María una profundísima afección maternal, que incesantemente envolvió al alma del discípulo amado, ese afecto sobrenatural se hizo extensivo a todos nosotros, e hizo realmente de María la madre espiritual de todos los hombres.

Así se expresan, el abad Ruperto en el siglo VIII, más tarde San Bernardino de Siena, Bossuet, el B. Grignon de Montfort y muchos otros. No hacen sino seguir lo que la Tradición nos dice de la nueva Eva, madre espiritual de todos los hombres.

Si se estudian, en fin, teológicamente, los requisitos para el mérito de congruo o de conveniencia, mérito fundado no en la justicia sino en la caridad o amistad sobrenatural que nos une a Dios, en nadie podremos encontrarlo mejor realizado que en María. Si, en efecto, una buena madre cristiana, por su virtud, gana méritos para sus hijos, ¿con cuánta más razón María, incomparablemente más unida a Dios por la plenitud de la caridad, no podrá merecer a favor de los hombres?

Tal es la mediación ascendente de María, en cuanto ofreció con Nuestro Señor, a favor nuestro, el sacrificio de la Cruz, haciendo obra de reparación y mereciendo por nosotros.

Consideremos ahora la mediación descendente, por la que nos distribuye los dones de Dios Nuestro Señor.

María Santísima nos obtiene y nos distribuye todas las Gracias

Es ésta una doctrina cierta, según lo que acabamos de decir de loa Madre de todos los hombres; como Madre, se interesa por su salvación, ruega por ellos y les consigue las gracias que reciben.

En el Ave, maris Stella se canta:

Solve vincla reis, Rompe al reo sus cadenas,

Profer lumen coecis, Concede a los ciegos ver;

Mala nostra pelle, Aleja el mal de nosotros,

Bona cuncta posce Alcánzanos todo bien. (Los jansenistas habían modificado este verso, para evitar el afirmar esta mediación universal de María)

León XIII, en una Encíclica sobre el Rosario (Encycl. Octobri mense, 22 sept. 1891),dice: “Por expresa voluntad de Dios, ningún bien nos es concedido si no es por María; y como nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, así generalmente nadie puede llegar a Jesús sino por María.”

La Iglesia, de hecho, se dirige a María para conseguir gracias de toda suerte, tanto temporales como espirituales, y, entre estas últimas, desde la gracia de la conversión hasta la de la perseverancia final, sin exceptuar las necesarias a las vírgenes para guardar su virginidad, a los apóstoles para ejercer su apostolado, a los mártires para permanecer invictos en la fe. Por eso, en las letanías lauretanas universalmente rezadas en la Iglesia desde hace mucho tiempo, María es llamada: “salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, Reina de los apóstoles, de los mártires, de los confesores y de las vírgenes.” Su mano es la dispensadora de toda suerte de gracias, y aun, en cierto sentido, de las gracias de los Sacramentos; porque ella nos los ha merecido en unión con Nuestro Señor en el Calvario, y nos dispone además con su oración a acercarnos a esos Sacramentos y a recibirlos convenientemente; a veces hasta nos envía el Sacerdote sin el cual esa ayuda sacramental no nos sería otorgada.

En fin, no sólo cada especie de gracia nos es distribuida por mano de María, sino cada gracia en particular. No es otra cosa lo que la fe de la Iglesia declara en estas palabras del Ave María: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte; amén.” Ese “ahora” es repetido, cada minuto, en la Iglesia, por millares de fieles que piden de esta manera la gracia del momento presente; y ésta es la más particular de todas las gracias, varía con cada uno de nosotros y para cada uno en cada minuto. Aunque estemos distraídos al pronunciar esas palabras, María, que no lo está, y conoce nuestras necesidades espirituales de cada momento, ruega por nosotros y nos consigue las gracias que recibimos.

Tal enseñanza, contenida en la fe de la Iglesia, y expresada por la oración colectiva (lex orandi, lex credendi), está fundada en la Escritura y en la Tradición. En efecto, ya en su vida sobre la tierra, aparece María en la Escritura como distribuidora de gracias. Por ella santifica Jesús al Precursor, cuando visita a su prima Santa Isabel y entona el Magnificat. Por ella confirma Jesús la fe de los discípulos de Caná, concediendo el milagro que pedía. Por ella fortaleció la fe de Juan en el Calvario, diciéndole: “Hijo, ésa es tu madre.” Por ella, en fin, el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, ya que María Santísima oraba con ellos en el Cenáculo el día de Pentecostés, cuando el divino Espíritu descendió en forma de lenguas de fuego (Act.,I, 14).

Con mayor razón, después de la Asunción, desde su entrada en la gloria, es María distribuidora de todas las gracias. Como una madre bienaventurada conoce en el cielo las necesidades espirituales de los hombres todos. Y como es muy tierna madre, ruega por sus hijos; y como ejerce poder omnímodo sobre el corazón de su Hijo, nos obtiene todas las gracias que a nuestras almas llegan y las que se dan a los que no se obstinan en el mal. Es María como el acueducto de las gracias y, en el cuerpo místico, a modo de cuello que junta la cabeza con los miembros.

A propósito de lo que ha de ser la oración de los avanzados, trataremos de la verdadera devoción a María según el B. Grignon de Montfort. Pero ya desde este momento se comprende cuán necesario es hacer con frecuencia la oración de los mediadores, es decir, comenzar esta conversación filial y confiada con María, para que nos conduzca a la intimidad de su Hijo, y a fin de elevarnos luego, mediante la santísima alma del Salvador, a la unión con Dios, ya que Jesús es el camino, la verdad y la vida.

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MARÍA CORREDENTORA Y MEDIADORA UNIVERSAL
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