EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA O CONFESIÓN
“…El pecado vistió al cielo de lutos, al infierno de llamas, y a la tierra de abrojos. Él fue el que trajo la enfermedad y la peste, el hambre y la muerte sobre el mundo. El fue el que cavó el sepulcro de las ciudades más ínclitas y llenas de gente…”
“…El pecado saca todos los gemidos que salen de todos los pechos humanos, y todas las lágrimas que caen gota a gota de todos los ojos de los hombres; y lo que es más todavía, y lo que ningún entendimiento puede concebir ni ningún vocablo expresar, él ha sacado lágrimas de los sacratísimos ojos del Hijo de Dios, mansísimo Cordero que subió a la cruz cargado con los pecados del mundo… y lloraba porque tenía puestos sus ojos en el pecado. Lloró sobre el sepulcro de Lázaro, y en la muerte de su amigo nada lloró sino la muerte del alma pecadora…”
“Fue clavado en un madero, y el pecado le enclavó; el pecado le puso en agonía y el pecado le dio muerte…” D. Juan Donoso Cortés
Cristo vino a morir por nosotros para destruir el imperio del pecado. En torno al pecado gira toda la historia de la salvación del mundo y nuestra salvación particular. Entre todos los medios ordenados por el Salvador del mundo para convertir a los pecadores, sostener a los justos y conducirlos a la perfección, el más eficaz e indispensable es la Confesión. Allí es donde se encuentra la luz, los consejos y la fortaleza para levantarnos de nuestras caídas y aun sacar provecho de ellas. En este baño sagrado, en fin, es donde mezclan las lágrimas de nuestro dolor con la sangre del Redentor, y donde se purifica, se santifica y recobra el más precioso de los bienes, la paz con Dios y con nuestra conciencia.
Es obligatorio por mandamiento de la Iglesia, bajo pena de pecado mortal, confesarse al menos una vez al año, para Pascua. Este mandamiento fue dado por el Papa Inocencio III en 1215.
Escribe San Francisco de Sales: “Nuestro Señor ha dejado a su Iglesia el Sacramento de la Penitencia para lavarnos de nuestros pecados cada vez que los cometamos. No permitáis nunca que vuestro corazón permanezca mucho tiempo bajo el peso del pecado puesto que contra este mal tenéis un remedio tan eficaz y tan fácil… sentid siempre un verdadero disgusto por los pecados de que os confesáis, aun de los más leves…Pedid con insistencia al Señor la luz necesaria para conoceros bien…”
“…No inquietarse en modo alguno por lo que pueda decir o pensar el confesor de lo que se le va a decir. Su oído está preparado para oír pecados y no virtudes, y pecados de todo género y tamaño. Que el alma, pues, se aligere con valor, franqueza y humildad sin temor de hacer ver su miseria a aquel por cuyo remedio quiere Dios curarla. Del mismo modo, después de la confesión no hay necesidad de examinar si se ha dicho todo o si se ha dicho bien; ese no es el momento. Permaneced en paz a los pies de Nuestro Señor y no penséis más en vuestras faltas pasadas, sino es para humillaros dulcemente delante de Dios y para bendecir su misericordia que os las ha perdonado en su divino Sacramento…
“…Yo desearía que se tuviese un gran cuidado en ser veraz, sencillo y caritativo en la confesión.
Veraz, es decir, confesar claramente sus faltas, sin maquillaje, sin artificio y pensando que habláis a Dios al cual nada se le oculta; no limitándoos a descubrir los pecados que se han cometido, sino especificando el número cuanto sea posible, las circunstancias que los han hecho más graves, el tiempo que ha durado, las malas intenciones, los malos hábitos, todas las raíces de vuestros pecados así como los motivos que llevaron a cometerlos.
Sencillo; es decir que es preciso acusarse solo de sus pecados sin hacer comentarios, porque entonces más parecen excusas que acusaciones.
Caritativo; es decir, no mezclar de modo alguno a vuestro prójimo en la confesión, ni descubrir nunca, directa o indirectamente, el mal de los otros al confesar el vuestro.”
“…Y como último consejo, acordaos que el punto más importante, y ordinariamente el más abundante, es el dolor que se debe tener del pecado como ofensa a Dios, y el propósito firme de enmendarse.”
“…Demasiado a menudo se hace poco caso de la gravedad de las faltas o al disgusto que han podido causar a Dios y no se buscan cuidadosamente los medios eficaces de mantener las resoluciones y de evitar todas las ocasiones de pecar, como las compañías peligrosas, los placeres desordenados, en fin todo lo que se sabe que es malo.”
“…Se puede tener tres tipos de contrición: una, inspirada por la sola razón que muestra la fealdad del pecado; la otra, fundada en el temor de la justicia divina y de sus castigos; y la tercera, inspirada por el puro amor de Dios. Esta sola borra el pecado por si misma y sin la confesión, aunque con la obligación de hacerla, si es posible, mientras que las dos primeras de nada sirven sin la confesión.”
“…Lo importante es, pues, excitarse a esta contrición perfecta acompañada de un firme propósito. Con respecto a este, acordaos de aquella verdad del Espíritu Santo: El que ama el peligro perecerá en él (Eccli., iii,27). Es pues preciso decidirse bien en este punto y atenerse a esta máxima y a la sentencia pronunciada por Nuestro Señor en estos términos: Si tu ojo te escandaliza, es decir, es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y arrójalo lejos de ti; si tu mano o tu pie te escandalizan, córtate esa mano o ese pie porque es mejor entrar al cielo con un ojo, una mano o un pie que verse precipitados con los dos en el infierno.”
Los versos de contrición siguientes, atribuidos a Santa Teresa de Jesús, señalan aquel amor que hace capaz de alcanzar el perdón de Dios:
“No me mueve mi Dios, para quererte,
El Cielo que me tienes prometido;
Ni me mueve el infierno tan temido,
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme tus afrentas y tu muerte;
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
Que aunque no hubiera cielo yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
Porque aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.
Misericordia y paciencia de Dios
Dios no quiere la muerte del pecado con tal que vuelva a Él con un corazón arrepentido y humilde. Por más monstruosos que sean nuestros crímenes por su número y enormidad, no desesperemos; la misericordia de Dios es más grande que nuestra malicia. “¡Qué bondad!” exclama San Agustín; “¡qué misericordia!, ¡qué paciencia! Pecamos y seguimos viviendo. Nuestros pecados se multiplican, y Dios, a quien ofendemos, no corta el hilo de nuestros días. Dios escucha todos los días blasfemar su Santo Nombre; todos los días ve violada su ley por los hombres, es decir, por la criatura que más ha colmado de beneficios, y sin embargo, permite que su sol brille lo mismo sobre los bueno que sobre los malos.”
Más hace aún: por todas partes llama a los pecadores hacia sus deberes y los convida a la penitencia. Exteriormente los llama por medio de los confesores y de los predicadores, dejándoles tiempo para el arrepentimiento; interiormente los llama con el pensamiento íntimo, con un sentimiento de consuelo, con una idea triste o aflictiva. El buen Pastor deja noventa y nueve ovejas en el desierto para ir a buscar a la que se ha extraviado.
Sin embargo, cuidemos de no abusar de esta paciencia tan larga y tan llena de misericordia, para no amasar contra nosotros un tesoro de cólera el día del justo juicio de Dios. Apresurémonos antes del naufragio a agarrarnos a la plancha que Jesucristo tiene la bondad de ofrecernos para nuestra salvación. Recurramos al Sacramento de la Penitencia; es el remedio que ha instituido el Salvador del mundo para borrar los pecados cometidos después del bautismo y para aplicarnos de nuevo el mérito de su Pasión. Dirijámonos a los Sacerdotes a quienes ha confiado el poder de perdonar, con la seguridad de que lo que hicieren aquí en la tierra ejerciendo ese ministerio de la reconciliación será ratificado en el cielo. (Fenelon)
LA PENITENCIA O CONFESIÓN
- Preparación para la Confesión
- Modo de confesarse
- Examen de conciencia para la confesión; Examen particular para vencer un defecto principal o adquirir una virtud.
- Doctrina católica al respecto
Preparación para la Penitencia.
Para examinarse bien, retirarse a un lugar apartado y, puesto en la presencia de Dios, adorarlo imaginando que la confesión que se va a hacer es la última de nuestra vida; pedir al Espíritu Santo que nos haga conocer nuestros pecados y nos descubra toda su malicia, la verdadera intención con que cometimos las faltas. Examinarse según la luz que Dios diere, y si después de haberse examinado hay motivos razonables para temer no haber recordado todas las faltas, servirse del examen de conciencia (Ver más adelante).
Evitar dos extremos, el de esperar a que el Sacerdote pregunte y por ello examinarse uno superficialmente, o el de creer que nunca se hace un examen suficiente y examinar una y otra vez la conciencia. Hay que alejar este temor; Dios busca en sus hijos una confianza filial.
Modo de confesarse
Entrar a la iglesia con recogimiento y rezar las oraciones que sean de agrado y convenientes para el acto de la confesión o meditar unos instantes en lo mucho que costó a Nuestro Señor hacernos merecedores de la gracia del perdón de los pecados. Repasar lo que se va a confesar sin preocupación. Lo que se va a revelar quedará en el secreto más inviolable, ya que pesa sobre el confesor la obligación de secreto sagrado o sigilo sacramental, del que ningún poder humano puede dispensar al Sacerdote, ya que lo que éste oye de labios del penitente no le pertenece; es un secreto de Dios a quien representa en el confesionario (ver Doctrina al respecto).
Presentarse en el confesionario con recogimiento y modestia, como se tendría si Jesucristo se mostrara visiblemente en lugar del Sacerdote; hacer la Señal de la Cruz y esperar la bendición e invitación del Sacerdote.
Comenzar diciendo cuánto hace de la última confesión, sin necesidad de que lo pregunte el Sacerdote; si no se ha recibido la absolución o si no se ha rezado la penitencia, decirlo también. Si se recuerda algún pecado no confesado en confesiones anteriores decirlo ahora. Después dar comienzo a la confesión manifestando primero las faltas que más vergüenza o repugnancia nos causan, sin dejarse vencer de una vergüenza mala, declarar el número de veces que se cometió la falta, poco más a menos, si no se puede fijar, indicando las circunstancias que pudieran hacer el pecado más grave o de distinta especie. Si se duda si una acción es pecado, comunicarla al confesor para que nos instruya al respecto; hacerle conocer también los pecado habituales o que se han hecho costumbre, y distinguirlos de los que se cometen rara vez. Esperar si hay preguntas del confesor y responderlas. Someterse con docilidad a los avisos y a la penitencia que el confesor diere. Evitar distraerse cuando el confesor está exhortando, y ni siquiera traer a la memoria los pecados que puedan haberse olvidado.
En cuanto el Sacerdote da la absolución Jesucristo nos lava con su Sangre, quedamos cubiertos con la vestidura nupcial que nos da acceso a las bodas del Cordero, se cierran las puertas del infierno, y se nos reserva un lugar en el Cielo. Recibamos estas gracias con respeto y tengamos cuidado de conservarlas y aprovecharlas, para no volver a caer y adelantar en el camino de la virtud.
Retirarse aparte para meditar los beneficios que se acaba de recibir y dar a Dios acciones de gracias.
Si el Confesor ha negado la absolución (ver en Doctrina), reconocer humildemente que por el momento no se es digno de recibirla, y tomar la resolución de hacer nuevos esfuerzos por cambiar de vida y hacer verdadera penitencia.
Examen de conciencia.
Existen innumerables modelos unos más excelentes que otros para el examen de conciencia; los hay para realizar al final del día, los hay particulares para vencer un defecto o adquirir una virtud particular (ver más adelante) y finalmente, los que interesan para hacer la confesión sacramental; de éstos ofrecemos uno detallado.
Examen
1.- Confesiones precedentes. Si se olvidó algo en ellas; si se ocultó o disimuló algún pecado; si se ha cumplido la penitencia…
2.- Comuniones. Si se han hecho comuniones sin preparación o sin dar las debidas gracias; si ha hecho alguna comunión sacrílega.
3.-Mandamientos de la ley de Dios.
1º. Si se ha dejado de rezar; si se ha rezado sin recogimiento o con distracción; si se ha detenido en dudas contra la Fe; si se tiene sumisión a las leyes de la Iglesia o se cree que no son igualmente obligatorias; si se ha tomado parte en conversaciones contra la religión; si se ha descuidado instruirse en las verdades de la Fe; si se ha oído sin atención la palabra divina; si se ha desesperado de la salvación; si se ha desconfiado de Dios; si se ha puesto en ridículo a las personas piadosas, o abusando de las palabras de la sagrada Escritura; si se ha dado fe a prácticas supersticiosas como horóscopos o predicciones, cartas de la suerte, prácticas de brujería, juegos como la copa, etc. Si se ha desconfiado de Dios. Si se ha quejado contra la Providencia.
2º. Si se ha pronunciado sin respeto el santo Nombre de Dios; si se ha proferido algún juramento usando el Santo Nombre de Dios, si se ha proferido blasfemia o expresión equivalente contra Dios, la Santísima Virgen María o los Santos; si se ha diferido o descuidado el cumplimiento de las promesas hechas a Dios o a los Santos; si se ha hablado con grosería.
3º. Si se ha faltado a la santificación del domingo o de días de precepto, dejando de oír Misa sin motivo suficiente o no oyendo más que una parte; si se han hecho o mandado hacer obras serviles sin causa grave; si se han tenido distracciones voluntarias en la Misa; si no se ha procurado reemplazar el ayuno y la abstinencia que no pudieron cumplirse con alguna mortificación voluntaria o con limosnas.
4º. Si se ha faltado a la obediencia o respeto a los padres y superiores; si se les ha dicho palabras injuriosas o expresiones groseras; si se les ha tenido aversión o rencor; si se ha hecho burla de ellos o si se ha avergonzado de ellos; si se los ha abandonado en sus necesidades; si no se ha rezado por su eterno descanso; si sucede faltar a ciertos deberes de familia o de estado para ocuparse de prácticas de piedad hacia las cuales atrae la propia inclinación, resistiendo a veces a los deberes de prudencia, dando motivo a que se hable mal de la devoción verdadera. Si se desobedece el consejo médico sobre la salud o las órdenes formales del médico de evitar ayunar o no guardar abstinencia en casos delicados de salud. Si se ha procurado con todo esfuerzo educar a los hijos en la verdadera Fe y en los principios religiosos. Si se ha aplicado igualdad de cariño hacia todos los hijos o si se ha sido indulgente hacia aquel cuyo carácter gusta más o más halaga la propia vanidad. Si no se ha llevado la ternura o indulgencia con los hijos hasta el punto de paralizar el principio de autoridad de la familia o de no ver sus defectos ni permitir que se lo hagan notar, especialmente cuando quienes señalan estos defectos de los hijos son maestros de conciencia o confesores. Si no se tiene una ternura susceptible celosa cuando los hijos deben casarse y separarse del hogar, si se turba su dicha y si hay un espíritu irracional de dominio. Si el ama de casa ha descuidado deberes por hábitos de pereza o disipación. Si no se ha murmurado de la Providencia ante las fatigas del hogar
5º. Si se ha lastimado o maltratado al prójimo de acción o de palabra. Si se ha tenido aversión al prójimo; si se le ha deseado mal; si se le ha hecho reprender por venganza; si se le ha escandalizado; si se le ha apartado del bien y de las prácticas religiosas; si se le han dado malos consejos; si se han alimentado contra él sentimientos de envidia, odio o venganza. Si se lo ha maldecido. Si ha habido excesos en la comida o en la bebida. Si se han cometido abortos; si se ha practicado anticoncepción.
6º y 9º. Si se ha detenido voluntariamente en malos pensamientos o deseos; si interrumpidos, se los ha vuelto a admitir; si se ha fijado la vista en objetos indecentes o que hacen peligrar la pureza; si se han tenido o escuchado con gusto conversaciones indecentes; si se ha hecho alguna acción impura con uno mismo o con otro (sin nombrarlo en la confesión); si se conservan láminas o ilustraciones obscenas o provocativas; Examinarse sobre las lecturas, espectáculos, entretenimientos, malas compañías, palabras, situaciones, circunstancias, lugares y personas que puedan haber sido objeto de pecado o llevado a él. Si se ha vestido en forma reñida con el pudor.
7º y 10º. Si se retienen bienes ajenos; si se ha deseado poseerlos injustamente; si se ha hurtado o ayudado a hurtar, si se ha estafado al prójimo o si se ha prestado con usura, si se ha cometido fraude.
8º. Si se ha calumniado al prójimo; si se han descubierto sus defectos, si se han revelado pecados ocultos del prójimo sin necesidad de evitar un daño mayor; si se ha escuchado con gusto la murmuración; si se han hecho juicios temerarios; si se han sembrado divisiones con falsas o verdaderas historias; si se han dicho mentiras, y si pudo perjudicarse al prójimo con alguna. Si se ha hecho lo que se ha podido para reparar el daño causado por palabras imprudentes, exageradas y quizá falsas. Si no se es burlón, agrio, mordaz en las palabras; violento o tenaz hasta la injusticia en las propias opiniones, susceptible y suspicaz en las relaciones con el prójimo, dispuesto a la antipatía, o a la malevolencia por un sentimiento de envidia o de orgullo ofendido. Si se ha perdonado a los que lo han ofendido.
4.-Mandamientos de la Iglesia. Si se ha faltado al ayuno o a la abstinencia de obligación
5.- Pecados capitales. Si se ha uno envanecido por su figura, vestidos, riquezas, talentos o nacimiento; si uno se prefiere a los demás; si se avergüenza de sus padres; si ha obrado por vanidad o por agradar a las criaturas; si tiene apego desordenado a los bienes de este mundo; si es duro con los pobres; si se entristece del bien o mérito ajeno; si ha procurado rebajarlo; si se ha alegrado del mal de otros; si desea con ansia manjares delicados o se ha excedido en comer o beber; si es propenso a impacientarse; si prorrumpe en quejas o se deja arrebatar de su genio y mal carácter; si se detiene en la cama por pereza; si pierde el tiempo durante el estudio, la clase o la labor; si lo malgasta en bagatelas o permaneciendo ocioso; si es causa de que otros pierdan el tiempo.
6.- Defecto dominante. ¿Cuál es? ¿Qué faltas le hace cometer? ¿Se han hecho esfuerzos generosos y constantes para combatirlo?
7.- Defectos particulares de escolares y estudiantes. Buscar la compañía de personas frívolas; desempeñar las tareas y estudio con precipitación, o dejarlos total o parcialmente; favorecer la pereza de los compañeros facilitándole las cosas hechas; mirar el libro mientras se da la lección o se hace un examen; distraer y hacer distraer a otros durante la clase y le estudio; faltar al reglamento del colegio o jactarse de quebrantarlo; e inducir a los demás a que hagan otro tanto; desobedecer a las autoridades y maestros; faltarles el respeto; concentrarse con los compañeros para turbar el orden y la disciplina; mortificar a los que se portan bien, o avenirse con otros para afligirlos; hacer gastos contra el beneplácito de los padres; perder o maltratar por descuido los objeto de su uso particular o de la casa.
8.-MÉTODO DEL EXAMEN PARTICULAR. Es el que versa sobre un sola materia: una virtud que hay que adquirir, como la humildad, la mansedumbre, la presencia de Dios, la caridad; o un defecto que hay que corregir, como la vanidad, la curiosidad, la distracción, la murmuración. Una vez escogido el asunto, es esencial insistir en él y no dejarlo hasta haberse corregido del defecto que se hubiere propuesto combatir, o acostumbrado a practicar con facilidad la virtud que se hubiere deseado adquirir. Para hacer bien el examen particular, observar lo siguiente:
Ponerse en presencia de Dios, adorarle humildemente, y darle gracias por sus beneficios
Implorar la asistencia del Espíritu Santo por medio de alguna fervorosa oración, como el Veni sancte Spiritus (Ven, Espíritu Santo)…
Examinar todos los pensamientos, palabras y obras que tengan relación con la materia escogida desde el último examen que se hubiere hecho, y darse cuenta, si es posible, del número de veces en que se ha caído desde entonces.
Excitar el dolor por las faltas cometidas, pidiendo humildemente perdón a Dios y proponiéndose hacer tantos o cuantos actos de virtud que se desearía adquirir
Tomar una nueva resolución de trabajar con mayor empeño, ya en la extirpación del defecto, ya que en la adquisición de la virtud que es objeto de este examen.
Pautas
8-a.-PRIMER EXAMEN
Sobre el defecto dominante
Tenemos un defecto dominante, origen de la mayor parte de las faltas que cometemos. Este defecto es un genio desapacible que nos hacer ser insoportables a nosotros mismos y a los demás; un carácter turbulento e inquieto que, en su rudeza a nadie perdona y de todo se ofende; una envidia sombría que, siempre en acecho, nos atormenta por poca cosa; una cobarde complacencia que nos hace sacrificar nuestros deberes; una propensión a distraernos, a derramarnos fuera, a disiparnos; una vana persuasión de nuestra propia excelencia, que nos mueve a preferirnos a los demás; un ardiente deseo de vengarnos por poco que hubiéramos sido mortificados; la distracción del espíritu, el respeto humano, la vanidad, el orgullo, la pereza, y ¿qué es todo esto sino un conjunto de defectos entre los cuales hay uno que sobresale, que nos tiraniza, y que es, por ende, el defecto dominante?
Decimos que nos es difícil distinguir cuál sea nuestro defecto dominante. Entre la multitud de pasiones que sacuden nuestra alma, consideremos como dominante aquella que turba más la paz de nuestro corazón, que nos causa más frecuentes remordimientos, que nos hace faltar más a menudo a nuestros deberes para con Dios y para con nuestros superiores, iguales e inferiores, que es la materia más ordinaria de nuestras confesiones, aquella, en fin, que nos es más penoso combatir.
El defecto dominante comienza por interceptar el curso de las gracias con que el Señor quiere enriquecernos, y no tarda en someternos al yugo ignominioso del demonio. Difícil es a un corazón habituado al mal romper las cadenas que él mismo se ha forjado, sacudir el yugo de que voluntariamente se ha cargado y vencer al enemigo por quien tantas veces se ha dejado vencer.
Nos excusamos diciendo que combatimos los otros defectos, pero que no podemos resolvernos a hacer frente al que nos domina. Mas ¿de qué nos servirá sacrificar a Dios las demás víctimas, si al mismo tiempo rehusamos ofrecerle aquella cuya pronta inmolación exige? Sin ésta ninguna otra víctima le es grata.
Si no lo hemos vencido, es porque temíamos una victoria que nos hubiera costado la pérdida de algún goce humano.
Resoluciones.
Voy a ver adónde se dirigen más naturalmente mis pensamientos, gustos y afectos, que es lo que más me cuesta resistir y en qué faltas caigo con mayor frecuencia; y, para alcanzar la victoria que tan ardientemente debo desear, acudiré a la meditación y al examen particular. Procuraré andar en la presencia de Dios, practicaré la virtud opuesta al defecto dominante, y tendré gran cuidado de prever y evitar las ocasiones que pudieran hacerme recaer.
Oración. No permitas, Señor, que sea por más tiempo juguete de mi más mortal enemigo, el que me priva de serte agradable y recibir vuestras gracias: dame fortaleza para vencerlo. Dios mío, sostenedme; sacadme por un milagro de vuestra misericordia de la vergonzosa servidumbre a que me encuentro sujeto. Os lo pido por las adorables llagas de Aquel que vino a la tierra a destruir el imperio del pecado.
8-b.-SEGUNDO EXAMEN
Sobre el orgullo
Preludio. Adoremos al Nino Jesús en el pesebre. ¡Qué anatemas lanza desde su cuna contra nuestro orgullo! Así es que no llama junto a sí sino a corazones humildes. Pidámosle que nos inspire horror a la vanidad, al amor propio y a todo orgullo.
Examen. ¿Nos envanecemos de nuestro talento, de nuestras prendas, de nuestro nombre, de nuestra fortuna, como si tales ventajas nos viniesen de nosotros mismos?, ¿empleamos algunos medios para sobreponernos a nuestros semejantes?, ¿buscamos la estimación de los hombres aun en las acciones más buenas o más santas?, ¿llevamos nuestro amor propio hasta el punto de detestar a los que por caridad nos avisan de nuestros defectos, buscando al propio tiempo la compañía de los que nos lisonjean?, ¿ estamos llenos de vanidad en nuestros pensamientos, teniéndonos por muy superiores a los demás; en nuestros deseos, ambicionando ser alabados, preferidos y distinguidos; en nuestras palabras, llegando hasta la mentira para captarnos la benevolencia o la aprobación de los otros; en nuestra actitud, queriendo parecer más de lo que somos?
Resoluciones. Voy a compara lo que soy con lo que debiera ser.
Oración. Glorificado sea, Señor tu Nombre. ¿De qué confusión me vería cubierto, si escribieseis en mi frente los pecados que he cometido? Dame, Dios mío, una saludable contrición de mi orgullo, a fin de que merezca las gracias que concedes a los corazones humildes.
8-c.-TERCER EXAMEN
Sobre la envidia
Dios nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos. Nos ha dispensado infinitamente más de lo que merecemos.
Examen. ¿Con qué ojos miramos la prosperidad de los demás?; ¿desearíamos que se viesen en la aflicción?, ¿les deseamos alguna humillación?, ¿experimentamos alguna inquietud cuando les sale bien algo?, ¿trabajamos secretamente por causarles algún daño?, ¿buscamos cómo rebajar el mérito de sus obras, ya que no podeos quitarles el mérito personal?, ¿vamos hasta querer difamarlos por pura envidia?, ¿se nos hace costoso pedir a Dios que derrame la abundancia sobre el prójimo?, ¿pensamos seriamente en ahogar los sentimientos de envidia?, ¿comprendemos bien cuán opuesto es este vicio a la caridad cristiana de la que Cristo nos dio acabado ejemplo?
Resoluciones. Pediré a Dios la gracia de vivir con entera conformidad a su divina Voluntad, imitando a María que prefirió la vida humilde y oculta.
Oración. Presérvame, Dios mío, de tener sentimientos de envidia; haz que me alegre de las ventajas con que favorecéis a los demás y que no desee sino los bienes celestiales.
8-d.-CUARTO EXAMEN
Sobre los ejercicios piadosos
Nos postramos delante del Señor a quien hemos tenido la desdicha de ofender. Nos dolemos de las malas disposiciones con que hacemos los actos de piedad y devoción y le pedimos el fervor que nos es tan necesario.
Examen. ¿En qué aprecio tenemos los ejercicios piadosos? ¿Los omitimos por causas frívolas?, ¿procuramos compensar de algún modo los que no hemos podido hacer?, ¿Son eficaces los que practicamos para hacernos mejores?, ¿o son solo por puro gusto o antojo?, ¿Rezamos las oraciones, la penitencia sacramental? ¿Nos ejercitamos en ciertas devociones más por ostentación que por celo? ¿Consiste nuestra piedad en ciertos ejercicios en que más parte tiene la rutina que el corazón?, ¿Nos tenemos por mejores que los demás porque practicamos algunos actos de religión que ellos no practican?, ¿Somos más humildes, menos apegados a nuestro juicio desde que nos ejercitamos en todos estos actos? Si somos los mismos que antes, es preciso confesar que es por culpa nuestra toda vez que los medios con que tantas otras almas han llegado a santificarse no han producido efecto alguno en nosotros.
Resoluciones. A fin de animarme a hacer mis ejercicios de piedad con fervor me imaginaré que los hago en el Huerto de los Olivos, o en el Calvario, en presencia de Jesús, que ofrece su sangre en expiación de mis pecados, y rogaré a la Santísima Virgen y al Ángel de mi guarda que los ofrezcan a Dios.
Oración. Jesús mío, autor y restaurador de la verdadera piedad, dame espíritu de religión que anime mis homenajes a tu divina Majestad. No permitas que me contente con exterioridades, sino que te adore en espíritu y en verdad.
8-e.-QUINTO EXAMEN
Sobre la obediencia
Adoremos a Cristo obediente hasta la muerte, siempre sumiso a la Voluntad de su Padre celestial, a su Madre y a cuantos representaban al divino Padre.
9. CONTRICIÓN Y PROPÓSITO DE ENMIENDA
Es el dolor sincero de haber ofendido a Dios, prometiendo no volver a ofenderle en adelante. Sin esto, las mismas lágrimas que pudieran arrancarnos las exhortaciones más tiernas no nos servirían de nada; mas no olvidemos que siendo la contrición un don de Dios, es preciso pedírselo con insistencia.
Oración para pedir a Dios la contrición
Dios mío, tus ojos siempre sobre mí han visto cuanto hay de imperfecto en mis obras, y tu luz me ha hecho ver la profundidad de mis defectos. Solo Tú puedes cambiar las rocas del desierto en fuentes de agua viva. Séame permitido mezclar mis lágrimas con la sangre que vuestro Hijo Jesús derramó por mí en la cruz. Haz que te ame mucho, para merecer que me perdones mis pecados; esta es la gracia que te pido por los méritos de Jesucristo y la intercesión de María Santísima y mi Santo Ángel.
DOCTRINA CATÓLICA SOBRE EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN O PENITENCIA
1- Conceptos básicos del Catecismo Católico tradicional sobre el Sacramento de la Confesión
2- Doctrina Católica Explicada en detalle sobre el Sacramento de la Confesión
1.-Conceptos básicos del catecismo católico sobre el Sacramento de la Confesión. PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA PENITENCIA
A.- De las disposiciones para recibir bien este Sacramento, y en particular del examen de conciencia.
1.- P. ¿Qué es el Sacramento de la Penitencia?
R. La Penitencia, que también se llama Confesión, es el Sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo.
2.- P. ¿Cuántas cosas son necesarias para hacer una buena confesión?
R. Para hacer una buena confesión, cinco cosas son necesarias: 1º Examen de conciencia; 2º dolor y detestación de los pecados; 3º firme propósito de enmienda; 4º confesar todos los pecados; y 5ºcumplir la penitencia impuesta por el confesor.
3.- P. ¿Cómo se hace el examen de conciencia?
R. El examen de conciencia se hace trayendo cuidadosamente a la memoria, delante de Dios, todos los pecados cometidos y no confesados, de pensamiento, palabra, obra y omisión, contra los mandamientos de Dios y de la Iglesia y contra las obligaciones del propio estado.
4.- P. ¿Hay que averiguar también en el examen el número de los pecados?
R. En el examen hay que averiguar también el número de los pecados mortales
5.- P. Además del número de los pecados mortales, ¿hemos de pensar además en las circunstancias en que se cometieron?
R. Hemos de pensar en las circunstancias que cambian la especie del pecado mortal o que cambian el pecado de venial a mortal
B.- Del dolor y propósito
1.- P- ¿qué es el dolor de los pecados?
R. Dolor de los pecados es un pesar del ánimo por el que se detesta los pecados cometidos y se propone no volverlos a cometer jamás.
2.- P. ¿Cuáles son los motivos por que debemos arrepentirnos?
R. Debemos arrepentirnos porque pecando hemos merecido los castigos de Dios, pero mucho más por haber ofendido a Dios, infinitamente bueno y digno por Sí mismo de ser amado sobre todas las cosas.
3.- P. ¿Qué hemos de hacer para tener este dolor?
R. Hemos de pedirlo de corazón a Dios, y excitarlo en nosotros con la consideración del gran mal que hemos hecho pecando.
4.- P. ¿De cuántas maneras es el dolor?
R. el dolor es de dos maneras: perfecto e imperfecto
5.- P. ¿Qué es el dolor perfecto?
R. Dolor perfecto es el pesar de haber ofendido a Dios, por ser infinitamente bueno y digno por Sí mismo de ser amado; y este dolor se llama asimismo contrición
6.- P. ¿Por qué se llama perfecto al dolor de contrición?
R. Se llama perfecto al dolor de contrición por dos razones_ 1ª porque mira la bondad de Dios por sí misma; 2ª porque nos hace alcanzar inmediatamente el perdón de los pecados, aunque nos deja con la obligación de confesarlos.
7.- P. ¿Qué es el dolor imperfecto o de atrición?
R. El dolor imperfecto o de atrición es un pesar de haber ofendido a Dios como sumo Juez, esto es, por temor de los castigos merecidos en esta vida y en la otra vida por nuestros pecados.
8.- P. ¿Es suficiente el dolor imperfecto o de atrición para alcanzar el perdón?
R. el dolor imperfecto o de atrición es suficiente para alcanzar el perdón de las culpas, cuando se le junta la absolución sacramental.
9.- P. ¿Qué mal se hace pecando?
R. El mal que se hace con el pecado mortal consiste especialmente en que por él se pierde la gracia de Dios y la gloria, se merecen las penas del infierno, se ofende a Dios nuestro Señor y Padre, que nos ha hecho tantos beneficios, que tanto nos ama y que tiene derecho infinito a ser amado sobre todas las cosas y a ser servido con fidelidad.
10.- P. Quién solo se confiesa solo pecados veniales, ¿ha de tener dolor de todos?
R. Para la validez de la confesión basta que se arrepienta de algunos de ellos; mas para alcanzar el perdón de todos, de todos se ha de arrepentir.
11.- P. ¿En qué consiste el propósito?
R. El propósito consiste en una determinada voluntad de nunca jamás pecar y de emplear todos los medios necesarios para evitar el pecado.
De la confesión o acusación de los pecados
1.- P. ¿Qué pecados hay obligación de confesar?
R . Hay obligación de confesar todos los pecados mortales; aunque es bueno confesar también los veniales.
2.- P. ¿Cómo hemos de acusarnos de los pecados mortales?
R. Hemos de acusarnos de los pecados mortales declarando el número, especie y circunstancias que cambian la especie o que de veniales los hacen mortales.
3.- P. el que por vergüenza no dijese la verdad al confesor, ¿haría buena confesión?
R. el que por vergüenza no dijese la verdad al confesor, o callando un pecado mortal, o no diciendo el número que recuerda, o no explicando las circunstancias necesarias cometería un sacrilegio
4.- P. ¿Qué debe hacer el que sabe que no se ha confesado bien?
R. El que sabe que no se ha confesado bien debe rehacer las confesiones mal hechas y manifestar el sacrilegio o sacrilegios hechos.
5.- P. ¿Hizo bien la confesión quien dejó un pecado mortal por puro olvido?
R. Quien dejó un pecado mortal por olvido, si fue diligente en el examen, hizo una buena confesión; pero queda con la obligación de confesar aquel pecado cuando lo recuerde en la siguiente confesión.
6.- P. ¿Es bueno confesarse de algún pecado grave de la vida pasada?
R. Si, es bueno, porque esto, mayormente cuando sólo se han confesado pecados veniales, ayuda a asegurar el dolor sin el cual no es válida la absolución.
2.- DOCTRINA CATÓLICA EXPLICADA EN DETALLE SOBRE EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN
(CONTINUARÁ…)
Fuentes transcriptas
Catecismo Breve-Compendio de la doctrina Cristiana prescrito por San Pío X, para las diócesis de la provincia de Roma, Versión castellana con aprobación pontificia, 1903.
Condesa de Flavigny: Oraciones, Meditaciones y Lecturas de los Santos Padres, oradores y escritores sagrados. Librería de la Vda. De Carlos Bouret, 1911
Devocionario del Joven Piadoso, Librería del Colegio.
Enciclopedia de la Religión Católica, tomo II (Birnau-Demol), Ed. Dalmau y Jover, Barcelona, 1951
Fons pietatis, devocionario de las Hijas de María Inmaculada y de Santa Filomena. Ed. Herder, Imprimatur de 1924
Manual de Piedad, traducida de obra homónima francesa y aumentada por el Pbro. D.P.J.E. bajo la dirección del Excmo. E Ilmo. Se. Dr. D José Moragades y Gilli, Obispo de Vich y Barcelona, Ed. Subirana, Barcelona, 1926
Padre Vicente Agustí, FLORILEGIO DE AUTORES CASTELLANOS DE PROSA Y VERSO, ed. E. Subirana, Barcelona, 1920
RP F. X. Schouppe, S.J. Curso abreviado de Religión: Apologética, Dogmática y Moral, 18ª edición francesa traducida al Español, Ed. Eugenio Subirana, editor y librero pontificio, Barcelona, 1875
Spirago-Clark: The Catechism explained. An exhaustive Explanation of the Catholic Religion. A practical Manual for the use of the Preacher, the Catechist, the Teacher and the Family. Ed. Facsimilar de la reimpresión de 1921. Ed. Original de 1899.
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