LOS ÁNGELES – DOCTRINA CATÓLICA AL RESPECTO
Entre todas las criaturas de Dios ocupan los ángeles el primer lugar por la sublimidad de su naturaleza.
1. Los Ángeles son espíritus puros sin cuerpo.
Sin embargo, pueden tomar forma visible.
Los ángeles son espíritus puros no destinados a ocupar un cuerpo, mientras que los hombres tienen tanto cuerpo como espíritu. Sin embargo los ángeles pueden tomar por sí forma humana figurada, como lo hizo San Rafael (Tob. V.18), cuando se encargó de acompañar al joven Tobías en su viaje. En el sepulcro de Nuestro Señor después de la Resurrección, los Ángeles se aparecieron en la forma de hombres jóvenes, y lo mismo ocurrió después de la Ascensión de NS (Marcos xvi 5; Act i,10).
La naturaleza de los ángeles es más noble que la del hombre; ellos poseen un conocimiento superior y mayor poder que el hombre, tienen voluntad y una belleza natural que excede con mucha ventaja a todo lo que en este género se encuentra de más perfecto entre los hombres “Vi otro Ángel, dice San Juan, bajar del cielo: tenía gran poder y toda la tierra fue iluminada con el esplendor de su gloria.” (Apoc xviii, 1).
Los ángeles son más excelsos que los demás seres creados por Dios. Nuestro Señor dice que ni siquiera los ángeles conocen cuándo será el Día del Juicio (Mat. xxiv, 36), indicando entonces que su conocimiento es superior al de los hombres. Así se verifica también respecto de su poder. Un ángel aniquiló a todos los primogénitos de Egipto. Otro ángel causó la muerte de ciento ochenta y cinco mil soldados del Rey de Asiria que había blasfemado a Dios (Is. xxxvii, 36). Un ángel protegió a los tres jóvenes en el horno de Babilonia (Dan, iii, 49)
Dios creó a los ángeles para su propia Gloria y servicio, así como para la propia felicidad de los ángeles destinados a gozar de la visión beatífica y ser los ministros de Dios y los príncipes y el ornamento de su corte celestial.
Entre las criaturas que Dios ha hecho, los ángeles son los que más se asemejan a Él, y por lo tanto sus divinas perfecciones brillan deslumbrantemente en ellos. Ellos también glorifican a Dios mediante el canto incesante de himnos de alabanza en el Cielo. Los ángeles también sirven a Dios. La palabra ángel significa mensajero. “¿No son acaso todos ellos espíritus que hacen el oficio de ministros”, dice San Pablo, “enviados para servir a aquellos que reciben la herencia de salvación?” (Heb i, 14). Incluso los ángeles malos promueven la gloria de Dios, porque Dios convierte sus ataques a nosotros para Su Gloria y nuestro provecho. Goethe describe con acierto a Satanás como “Un poder que siempre obra el mal y siempre resulta en bien”.
El número de los ángeles es inconmensurablemente grande.
Daniel, al describir el trono de Dios dice: “Miles de miles Lo servían; y diez mil veces cien mil están ante Él” (Dan.vii,10) La Sagrada Escritura los denomina Huestes celestiales. En el Jardín de los Olivos, Nuestro Señor dijo que si Él le pidiera al Padre, de inmediato Dios le enviará doce legiones de ángeles (Mc. xxvi53). El número de los ángeles es mayor que el de todos los hombres que jamás han vivido, viven o vivirán. “El número de los ángeles”, dice San Dionisio el Areopagita, “supera el número de las estrellas del firmamento, o de los granos de arena de la playa.”
Los Ángeles no son todos iguales; existen nueve coros.
La jerarquía de los ángeles está determinada por la cantidad de dones que Dios les ha dado, y de acuerdo al oficio que les ha sido asignado. Los más próximos al trono de Dios son los Serafines, que aman a Dios más ardientemente que los demás ángeles; a continuación están los Querubines, que se distinguen por la profundidad de su sabiduría. Existen tres jerarquías de ángeles, cada una de las cuales tiene 3 coros, nueve en total. La primera es la jerarquía de los Serafines, de los Querubines ya mencionados, y de los Tronos; la segunda comprende las Dominaciones, los Principados y las Potestades; la tercera las Virtudes, los Arcángeles y los Ángeles. La misma división también existe entre los ángeles caídos. El nombre de ángeles se le da a todos ellos, espíritus bienaventurados, sin distinción de coros ni de jerarquías. Solamente tres son conocidos por su nombre propio: Gabriel, es decir, Fuerza de Dios; Miguel, ¿Quién es como Dios?, y Rafael, Remedio de Dios. Los ángeles del cielo son los ángeles de luz, y también llamados buenos y santos Ángeles. Los demonios son también llamados ángeles caídos, ángeles malos o ángeles de las tinieblas.
2.- Todos los Ángeles que Dios creo estaban investidos desde su origen en la gracia de Dios y le eran agradables. Pero muchos de los ángeles pecaron de orgullo y fueron arrojados por Dios a las profundidades del Infierno para siempre (2 Pedr ii, 4).
Cuando Dios creó a los ángeles, Los creo a todos en Su gracia. Pero ninguno puede ser coronado sin pelear (2 Tim ii,5), habiendo Dios de admitirlos a participar de su Gloria, quiso que pasasen por una prueba en que mostrasen su fidelidad. Todos padecimos esta prueba, porque gran número de ellos rebelándose contra su soberano Señor, cayeron en pecado de orgullo y deseaban ser iguales a Dios, por lo que rehusaron someterse a Su Voluntad (Cf. Is xiv, 12-14). Ellos no se sometieron a la Verdad (Jn viii, 44). A causa de ello, se desató un gran combate en el Cielo. Miguel y sus ángeles contendieron contra el dragón, y el dragón y sus ángeles lucharon, pero no prevalecieron, ni tuvieron nunca más su lugar en el Cielo. El dragón fue arrojado fuera y todos sus ángeles fueron arrojados con él (Apoc xii, 8.9). Ellos fueron arrojados a las profundidades del Infierno; pero no en todo momento están confinados a quedarse en el lugar del Infierno; a gran número de ellos se les permitió vagar por la tierra tentando a los hombres, pero dondequiera que vayan sufren los suplicios del infierno. Su líder fue Satanás o Lucifer, porque así se llamaba antes del Infierno, y se dice que era el más encumbrado de todos los ángeles. El número de los ángeles caídos en inferior al de aquellos que permanecieron fieles. La caída de los ángeles fue algo espantoso, porque ellos previamente habían gozado de una posición tan alta. Cuanto más elevado el punto del que caemos, peor resulta la caída. En el Último Día los ángeles malos serán juzgados, y su malicia y su castigo serán conocidos por el mundo entero (Jud 6; 2 Ped ii,4). Negar la existencia de los ángeles malos (demonios) es un pecado gravísimo contra la Fe.
3.- Los ángeles malvados están llenos de odio contra Dios y contra el género humano; son nuestros enemigos; nos envidian, buscan llevarnos a pecar, y pueden, con el permiso de Dios, herirnos en el cuerpo o en nuestros bienes temporales.
Los espíritus malos son nuestros enemigos. Con toda su malicia, sin embargo, no pueden hacer nada contra Dios, de modo que ellos proyectan su furia contra los hombres, que llevan la imagen de Dios. Muchos teólogos han afirmado que los lugares de los ángeles que cayeron serán ocupados en el cielo por hombres. “El conocimiento de que una criatura de la tierra ocupará su lugar en el Cielo” dice Santo Tomás, “causa al demonio más sufrimiento que las mismas llamas del Infierno”. Fue el demonio el que condujo a nuestros primeros padres a pecar, y también a Judas (Jn xiii, 27). El demonio también puede, en la medida en que Dios lo permita, herir los cuerpos y los bienes de los hombres, como en el caso de Job y el poseso en los tiempos de Nuestro Señor. El gran objetivo del demonio es causar la ruina de la Iglesia, porque sabe que ella es el medio para destruir su poder en la tierra (Mat xvi, 18). También sabe que él y sus ángeles un día serán juzgados por los Santos (1 Cor vi, 3). Muchos creen que así como Dios asigna a cada criatura al nacer su Ángel de la Guarda así también el demonio asigna un determinado demonio para tentarlo.
No obstante, el demonio no puede hacer verdadero daño a nadie de los que guardan los Mandamientos de Dios y evitan el pecado.
El perro que está atado no puede hacer daño a los que se mantienen fuera del alcance de la cadena. El demonio es como este perro. Puede trabajar en nuestra memoria y en nuestra imaginación, pero no tiene poder sobre nuestra voluntad ni sobre el entendimiento. Puede persuadirnos, pero no puede compelernos al mal. Por lo tanto, debemos repeler con toda energía y prontitud todos los malos pensamientos que el demonio pone en nuestra cabeza. “Resiste al demonio” dice el Apóstol Santiago (iv, 7), “y huirá de ti”. Nuestro Señor despachó al demonio muy rápidamente cuando dijo “¡Apártate, Satanás!” Es gran cosa tratar al demonio y sus tentaciones con enorme desprecio, y también el tornar nuestros pensamientos a otros temas, y no permitirnos ser perturbados o preocupados por sus sugestiones. Quien se permite continuar con los malos pensamientos se acerca al perro encadenado, y es casi infalible que sea mordido por él. Si se le permitiera al demonio utilizar todo su poder contra nosotros no podríamos resistirlo, pues cuando cayó no perdió ninguno de sus poderes naturales si bien perdió su felicidad eternamente.
Dios le da poder especial al demonio sobre ciertos hombres:
1. Dios a menudo permite a los hombres que se esfuerzan por alcanzar la perfección, a quienes Dios favorece especialmente, ser probados por el demonio por largos años en alguna forma extraordinaria, a fin de purificarlos de sus imperfecciones, y enseñarles la humildad.
Dios permite que Sus elegidos sean constantemente molestados por el demonio durante años, y soporten tentaciones de extraordinaria violencia. Algunas veces el demonio se les aparece en forma visible; algunas veces asalta sus oídos con sonidos espantosos; algunas ocasiones permite al demonio luchar con ellos y arrojarlos al suelo. Dios protege su vida, pero permite al demonio atormentarlos con dolores físicos y enfermedades. Sufren las tentaciones más terribles contra la Fe y contra la pureza. El maldito no tiene poder sobre sus almas, pero algunas veces Dios le deja tener poder sobre sus cuerpos, de modo que los elegidos hacen y dicen las cosas más extraordinarias a pesar de sí mismos, a fin de que su humillación sea patente a los ojos de los hombres. En determinadas circunstancias, incluso pueden decir expresiones blasfemas, careciendo de poder para evitarlas. Estos asaltos del demonio se llaman obsesiones. El Santo Job fue asaltado por el demonio; y también lo fue Nuestro Señor en el desierto; así lo fueron San Antonio, Santa Teresa, Santa María Magdalena de Pazzi, el Santo cura de Ars y muchos otros Santos. Estas santas personas sabían que Dios nunca les permitiría ser tentados más allá de su poder de resistencia, y que Dios permitía estas tentaciones para su mayor santificación. Ellos estaban perfectamente resignados a la Voluntad de Dios, y a la larga alejaron al demonio por resistir sin miedo a sus asaltos. Así, cuando el demonio amenazó la vida de Santa Catalina de Siena, ella le respondió, “Haz lo que puedas; porque lo que a Dios le place a mi me place.” Santa María Magdalena de Pazzi le dijo al demonio “No parece que supieras que estás preparando para mí una gloriosa victoria.” San Antonio en el desierto lo desafió diciéndole “¡Qué débil eres! Será por eso que tienes que venir acompañado de tal muchedumbre de demonios para tentarme!” Cuando aquellos que son tentados se encuentran con el demonio llenos del coraje de un león, el demonio no tiene más poder contra ellos que una liebre asustada, pero cuando se le teme, es él que viene con toda la fuerza y el salvajismo de una fiera. Siempre se los puede apartar por medio de la gracias que otorga la Iglesia; por el signo de la Cruz, al invocar el nombre de Jesús y de María Santísima, por el agua bendita, por la oración asidua, por el uso de reliquias, etc. Cuanto más violentos son los asaltos del demonio, mayor será la protección otorgada por Dios Todopoderoso a sus siervos; a menudo durante los momentos de prueba habrá revelaciones de Dios, o los Santos y Ángeles se aparecerán a ellos para consolarlos y fortalecerlos. Aquellos que niegan la realidad de estos acontecimientos, de los que tan a menudo leemos en las vidas de los Santos, qué poco conocen de la vida espiritual. Sin embargo pertenece al espíritu de la Iglesia recibir toda esta suerte de estos fenómenos preternaturales y sobrenaturales con gran prudencia, porque siempre existe el peligro de la ilusión o del engaño.
2. A veces Dios permite que los hombre de vida viciosa o que pecan contra la Fe, sean castigados y se pierdan por obra de los espíritus de las tinieblas.
A veces, Dios permite que los cuerpos de los hombres que se han entregado por indulgencia a sus pasiones sean poseídos por espíritus de la oscuridad, como un pueblo es ocupado por el general que lo conquista. Este estado se llama posesión. En el tiempo de Nuestro Señor existían muchos poseídos de este modo, y aquel cuya consecuencia era la mudez (Mt ix, 32), la ceguera (Mt xii, 22), y una furia sorprendente (Mt viii, 28). Dios permitió que entonces hubiera muchos así para poder mostrara el poder del Hijo de Dios y la debilidad de los demonios en Su presencia, y para poder librar a quienes ellos atormentaban. Sin embargo no se sigue que todos los que estaban poseídos eran necesariamente por su propia causa. Algunas criaturas estaban poseídas desde el nacimiento (Mc ix, 20). Alguna veces Dios permitió incluso a hombres santos ser poseídos por un tiempo; pero lo más frecuente fue que se tratara de un castigo por un pecado grave, y especialmente por una amistad deliberada con el demonio, tal como sucedió con la bruja de Endor (1 Rey xxviii, 7 sig; Cf. Act xvi, 16). Estos casos no son infrecuentes en los países paganos. Dios también permite a los espíritus malvados perder a quienes practican el espiritismo, que consiste en la invocación de los espíritus de los muertos a fin de descubrir cosas secretas o que han tenido lugar en el pasado. El demonio toma la persona del espíritu invocado y por su conocimiento superior puede ser capaz de revelar muchas cosas, por las cuales engaña a los que tratan con ellas pensando que en verdad están hablando con un amigo o conocido fallecido. En tales ocasiones los espíritus toman alguna forma material. El espiritismo lleva a la pérdida de la fe o de la moral, o al menos a la pérdida de la paz mental en la persona que lo practica. Muy a menudo está bastante mezclada con buen grado de impostura.
4. Los Ángeles que permanecieron fieles a Dios ven el rostro de Dios continuamente: “Sus Ángeles contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos.” (Mt xviii, 10).
5. Los Santos Ángeles también se llaman Ángeles de la Guarda, porque nos cuidan (Heb i, 14).
La opinión general de los teólogos es que cada persona tiene un Ángel guardián, que cuida de ella durante la vida entera. La dignidad de los Ángeles encomendados a nuestra guarda depende de la dignidad de las personas a quienes fueron asignados; los Obispos, Sacerdotes, etc. están bajo el cuidado de espíritus más encumbrados. Las ciudades, los países, parroquias, casas religiosas tienen su propio ángel guardián.
El Ángel de la Guarda nos defiende contra los asaltos del demonio; los Santos Ángeles tienen poder sobre los espíritus diabólicos, que huyen cuando se les aproximan (Cf. Tob viii, 3). Por lo tanto, debemos encomendarnos al cuidado de nuestros Ángeles guardianes en toda ocasión de peligro, y antes de emprender un viaje o alguna nueva empresa. El Ángel de la Guarda procura preservarnos de todos los males, incluso los del cuerpo; pero sus mayores esfuerzos tienden a sustraernos del pecado y de las ocasiones de pecar. A menudo, ante el peligro inminente nos conduce al bien por un impulso secreto, sin el cual habríamos muerto o sufrido un mal trance. Todos conocemos historias de niños aplastados o que han caído de una altura y resultaron ilesos. No podemos dudar que esto se debe a la intervención de nuestros Ángeles guardianes.
Si tiene el dolor de vernos caer en la tentación, nos ayuda a levantarnos, y a pesar de nuestra resistencia como pecadores y de nuestra indocilidad, nunca nos abandona enteramente. Si nos encuentra dóciles, nos sostienen en el buen camino y nos hace progresar en la virtud y en la santidad. A este efecto, nos sugiere buenos pensamientos, santos deseos, ofrece a Dios nuestras oraciones y buenas obras y nos asiste sobre todo en el trance de la muerte. No es que Dios no escuche nuestras oraciones, sino que los ángeles unen sus oraciones a las nuestras y las hacen más aceptables a Dios.
A menudo nos revelan la Voluntad de Dios. La aparición de un ángel de Dios en ocasiones causa temor al principio, pero pronto cambia a consolación y alegría. En cambio ocurre justamente lo contrario con los ángeles malos, que dan consuelo al aparecerse pero esto pronto cambia a confusión y miedo.
Debemos honrarlos, invocar su ayuda y tratar de imitarlos con una vida santa. “Guardaos” dice el Salvador, “de escandalizar al menor de mis hijos, porque yo os aseguro que sus ángeles ven sin cesar el rostro de mi Padre celestial.” (Mat xviii,10). La inocencia los atrae y el pecado los aleja. No podemos esperar que nuestros ángeles guardianes nos cuiden cuando obramos lo que sabemos disgusta a Dios. Debemos rogar que nos ayude, debemos agradecerle su protección y su ayuda.
Después de la muerte, si el alma que le ha sido confiada se halla en estado de pecado mortal, la abandona al demonio, si se encuentra en estado de gracia la conduce hasta el Purgatorio, y cuando está enteramente purificada, la introduce en el Cielo.
La Iglesia los honra el 2 de Octubre, y en algunos lugares el primer domingo de septiembre. La célebre manifestación del Arcángel San Miguel en Apulia, milagro de Gárgano, bajo el pontificado de Gelasio 1º, se conmemora el 8 de mayo.
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