SANTA CATALINA DE SIENA AL CARDENAL PEDRO DE OSTIA
Del libro: “Santa Catalina de Siena, 60 Cartas Políticas”, Editorial LOSADA, Buenos Aires, 1950
2. –XI.-AL CARDENAL PEDRO DE OSTIA.
Comentario del recopilador: Del desordenado amor de sí mismo nace temor servil; y éste es causa de desgobierno y guerra. Aconseja valor y caridad operante, de los cuales surge la paz. Pierdan los prelados las ciudades antes que perder las almas.
“En nombre de Jesucristo crucificado, y de María dulce.
Amadísimo y reverendísimo Padre en Cristo dulce Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa Sangre; con deseo de veros como hombre viril y no timorato, para que virilmente sirváis a la Esposa de Cristo, obrando en honor de Dios, temporal y espiritualmente, según las necesidades que en los tiempos que corren tiene esta dulce Esposa. Estoy cierta de que, si el ojo del intelecto vuestro se despierta para ver sus necesidades, esto haréis solícitamente y sin ningún temor o negligencia. El alma que teme con temor servil, no hace una sola operación perfecta: y en cualquier estado que se encuentre, en las pequeñas cosas o en las grandes, viene a menos, o no conduce hasta su perfección aquello que ha comenzado. ¡Oh, cuán peligroso es este temor! corta los brazos del santo deseo; ciega al hombre; no le deja ver ni conocer la Verdad; puesto que este temor procede de la ceguera del amor propio de sí mismo.
Puesto que enseguida que la criatura que posee razón se ama con amor propio sensitivo, en seguida teme, y ésta es la causa por la cual teme; porque ha puesto el amor y la esperanza suyos en cosa débil, que no tiene en sí firmeza ni estabilidad alguna; por el contrario, pasa como el viento. ¡Oh perversidad de amor, cuán dañosa eres a señores temporales y espirituales y a sus súbditos! Por lo cual, si se trata de un prelado, no corrige nunca, puesto que teme perder la prelatura y desagradar a sus súbditos. Y así, del mismo modo, es además dañoso al súbdito, puesto que humildad no hay en aquel que se ama con un amor de esta suerte; sino que hay en él arraigada soberbia, y el soberbio no es nunca obediente. Si se trata de señor temporal, no mantiene justicia, sino que comete muchas inicuas y falsas injusticias, haciéndolas según el propio placer, o el placer de las criaturas. Así pues, por el no corregir, y por el no tener justicia, sus súbditos vuélvense por ello más malos; puesto que se nutren en los vicios y las propias malicias. Puesto que tal peligro tiene el amor propio, con el desordenado temor, hay que huirle; y hay que abrir el ojo del intelecto en el objeto del Inmaculado Cordero, el cual es regla y doctrina nuestra, y le debemos seguir. Puesto que Él es ese mismo Amor y Verdad; y no buscó otra cosa que el honor del Padre y nuestra salvación. Él no temió a los judíos ni a su persecución, ni la malicia de los demonios, ni infamia, ni escarnio, ni villanía; y por último no temió la oprobiosa muerte de la Cruz. Somos los escolares llamados a esta dulce escuela.
Quiero pues, amadísimo y dulcísimo padre, que con grandísima solicitud y dulce prudencia abráis el ojo del intelecto en esta vida, a este libro de la vida; el cual os da tan dulce y suave doctrina. Y no atendáis a cosa alguna que no sea el amor de Dios y de la salvación de las almas, y el servicio de la dulce Esposa de Cristo. Puesto que con esta luz os despojaréis del amor propio vuestro y seréis revestido del amor divino; y buscaréis a Dios por su infinita bondad, y porque Él es digno de ser buscado y amado por nosotros y os amaréis amando las virtudes, y odiaréis el vicio por Dios; y con este mismo amor amaréis al prójimo vuestro. Veis bien que la divina Bondad os ha puesto en el cuerpo místico de la santa Iglesia, nutriéndoos de los pechos de esta dulce esposa, sólo para que comáis en la mesa de la santísima Cruz del alimento del amor de Dios y de la salvación de las almas. Y no quiere que éste sea comido sino en cruz, cargando las fatigas corporales con muchos ansiosos deseos; así como hiciera el Hijo de Dios, que a un tiempo mismo soportaba los tormentos en el cuerpo y la pena del deseo; y mayor tormentos en el cuerpo y la pena del deseo; y mayor era la cruz del deseo que la cruz corporal. Y su deseo era éste: el hambre de nuestra redención para cumplir su obediencia al Padre eterno: y érale dolor hasta que no lo veía cumplido. Y también, en cuanto sabiduría del Padre eterno, veía a aquellos que participaban de su sangre, y aquellos que de ella no participaban. Y éste fue aquel crucificado deseo que Él llevó en sí desde el principio hasta el fin: y cuando hubo dado la vida no terminó el deseo, sino la cruz del deseo. Y así debéis hacerlo vos, y toda criatura que posea razón; esto es, dar la fatiga del cuerpo y la fatiga del deseo, doliéndoos por la ofensa de Dios y por la condenación de tantas almas como vemos que perecen. Paréceme que ya es tiempo, carísimo padre, de tributar honor a Dios y fatigas al prójimo. No hay que poseerse, pues, con amor propio sensitivo, ni con temor servil, sino, con verdadero amor y santo temor de Dios, obrar.
Ahora estáis colocado en lo temporal y lo espiritual; y por tanto os ruego por el amor de Cristo crucificado, que actuéis virilmente; y procuréis el honor de Dios, cuando y cuanto podáis, aconsejando y ayudando para que los vicios sean dispersados y las virtudes exaltadas. En cuanto al acto temporal, el cual por la santa intención se hace espiritual, obrad virilmente; prestigiando en cuanto lo podáis la paz y la unión de todo el país. Por esta santa operación, si fuera necesario dar la vida del cuerpo mil veces, si fuese posible, sea dada. ¡Qué oscura cosa es de pensar y ver, el vernos en guerra con Dios por la multitud de los pecados de los súbditos y de los pastores, y por la rebelión que se hace a la santa Iglesia! ¡Y en guerra, además, corporal! Y DONDE CADA FIEL CRISTIANO DEBIERA ESTAR APAREJADO PARA HACER LA GUERRA A LOS INFIELES Y LOS FALSOS CRISTIANOS, LA HACE CONTRA LOS SUYOS, UNOS CONTRA OTROS. Y así estallan los siervos de Dios de tanto dolor y amargura como les da verlo ofender por la condenación de las almas que por aquélla perecen; Y LOS DEMONIOS GOZAN, PUES VEN LO QUE QUIEREN VER. Bien es, pues, dar la vida por ello, según el ejemplo del Maestro de la Verdad: y no cuidar de honor o vituperio que el mundo nos quisiera dar en las penosas penas y muerte del cuerpo. Estoy cierta de que, si os vierais revestido del hombre nuevo Cristo dulce Jesús, y despojado del viejo, esto es, de la propia sensualidad, lo haríais solícitamente, pues estaríais privado de temor servil. Puesto que, de otro modo, no lo podríais hacer nunca; aún más: caeríais en los defectos dichos más arriba.
Considerando, pues, que os era necesario ser hombre viril y sin temor alguno, y privado de vuestro propio amor, puesto que habéis sido puesto por Dios en oficio QUE NO REQUIERE TEMOR QUE NO SEA SANTO; por ello os dije que deseaba veros hombre viril y sin temor.
Espero en que la divina Bondad os dará gracia y me la dará; esto es, satisfacer la voluntad suya y vuestro deseo y el mío. Paz, paz, paz, padre carísimo. Contemplaos a vos mismo y a los otros y mostrad al Santo Padre más la perdición de las almas que de las ciudades; puesto que Dios exige las almas más que las ciudades. Otra cosa no digo. Permaneced en la santa y dulce dilección de Dios. Jesús dulce, Jesús amor.”
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