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MUERTE SANTA Y VALIMIENTO CERCA DE DIOS

MUERTE SANTA Y VALIMIENTO CERCA DE DIOS

A medida que el alma avanza en el Santo Abandono, progresa también en el desasimiento de todas las cosas para no adherirse sino a Dios sólo; la fe, la confianza y el amor con todas las demás virtudes han tomado en ella vastas proporciones, y la unión de su voluntad con la de Dios se ha ido estrechando de día en día. El alma camina a pasoso agigantados por el camino de la perfección. Una santa vida prepara una muerte santa, y en cierto modo la asegura. La perseverancia final es siempre la gracia de las gracias, el don gratuito por excelencia; mas nada hay comparable al Santo Abandono para mover a nuestro Padre celestial a concedernos esta gracia decisiva. Él, que va en busca del pecador, ¿podrá acaso rechazar un alma que sólo vive de amor y filial sumisión? Que ella prosiga por este camino hasta el fin, y vedla salva, pero al modo de los Santos. Aun hablando de los cristianos ordinarios, el piadoso Obispo de Ginebra (San Francisco de Sales) acostumbraba decir: “A Dios con todo su poder le es imposible condenar a un alma que, al salir de su cuerpo, tiene su voluntad sumisa a la voluntad divina. Tal como se halla nuestra voluntad a la hora de nuestra muerte, del mismo modo permanecerá toda la eternidad. Como queda el árbol al ser derribado, así permanece. Por este motivo, cuando asistía a un moribundo hacía los mayores esfuerzos para conseguir que sometiera por completo su voluntad a la de Dios, y apenas le hablaba de otra cosa.

La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo. Cuando uno está bien afianzado en el Santo Abandono, ni siquiera llega a sentir esas crueles separaciones que desgarran el alma apegada a las cosas de este mundo. Este abandono nos ha hecho indiferentes por virtud a todo lo que la muerte nos ha de arrebatar por fuerza; venga cuando quisiera, que el sacrificio está ya hecho en el corazón y ninguna mella hacen en éste las cosas que ella nos quita, pues no se quiere sino a Dios solo, y precisamente la muerte es la que va a colmar este deseo.

Sin duda, traerá un terrible cortejo de sufrimientos y tentaciones; es el combate decisivo y la prueba dolorosa entre todas. Nada, empero, dispone a este trance supremo como el Santo Abandono, pues él nos ha formado para recibirlo todo de la mano de Dios con amor y confianza, y a a cumplir con valentía nuestro deber hasta bajo el peso de la cruz, apoyándonos en el poder y en la bondad de Dios. He aquí la razón por qué Santa Teresa del Niño Jesús haya podido decir con legítima seguridad: “No temo en manera alguna los últimos combates, ni los sufrimientos de la enfermedad por intensos que sean,. Dios me ha socorrido siempre: Él me ha ayudado y conducido desde mi tierna infancia… Cuento con Él. Podrá el sufrimiento alcanzar su máxima intensidad, mas estoy segura de que Él no me abandonará jamás.” Aun para las almas más santas, es una cosa en sumo grado impresionante el paso del tiempo a la eternidad. “¡Qué solemne hora ésta en que me hallo! –decía en sus últimos momentos Sor Isabel de la Trinidad¬. El más allá es imponente; parecíame haber vivido en él después de largo tiempo, y sin embargo, lo desconozco por completo… Yo experimento un sentimiento indefinible, algo de la justicia, de la santidad de Dios. ¡Me hallo tan pequeña, tan desprovista de méritos! ¡Cuán necesario es exhortar a los agonizantes a la confianza!”. “¡Qué necesario es –decía Santa Teresa del Niño Jesús--, qué necesario es orar por los agonizantes! ¡Si lo entendiéramos bien!”. Razón tenía ella para expresarse de esta suerte, pues a pesar de haber llevado una vida tan pura, percibía el sonido de una voz maldita que murmuraba a sus oídos: “¿Tienes la seguridad de ser amada de Dios? ¿Ha venido Él a decírtelo?” Con esto permaneció durante muchos días en un estado de angustia que no se puede explicar. “¡Padre mío –decía a su confesor Santa Juana de Chantal en su agonía–, os aseguro que los juicios de Dios son espantosos!”. Preguntóle aquél si tenía miedo. –“No, respondió ella; mas os aseguro que los juicios de Dios son terribles.” Es el grito de la naturaleza en el último trance, es el pasmo de este momento decisivo, infinitamente solemne; es la angustia de una conciencia delicada, alarmada por su misma humildad. Un alma que vive en el Santo Abandono triunfará de de este temor. No descuida medio alguno de completar su preparación, mas ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus complacencias; el Dios de su corazón, al cual no ha cesado de dar su vida gota a gota; gusta recordar con una dulce emoción las innumerables pruebas de su amor, de sus misericordias, de sus inefables ternuras, y siente que ella le ama del fondo de su alma y que a su vez es aún mucho más amada. ¡Cuán feliz se considera pudiendo decir con el Salmista en esta hora tan seria y decisiva: “Vos sois mi Dios, y mi suerte está en vuestras manos!” (Ps. 30, 15). En una palabra, ella ha vivido de amor y de confianza, muere en el amor y en confianza. Después de una vida tan llena de penas interiores, Santa Juana de Chantal y San Alfonso de Ligorio tuvieron la más dulce muerte. Tal vez quiera Dios conservarnos sobre la cruz hasta el fin, mas no es raro ver a las almas que han practicado el abandono morir sin temor alguno, irse a la eternidad tranquilas y alegres, como un niño que entra en el hogar paterno, cual religioso que se dirige a cantar el Oficio. Tal fue el fin de la bienaventurada María Magdalena Postel: “En su muerte no encontramos debilidad alguna, ningún temor. Después de haber estado tan perfectamente sometida a la divina voluntad durante su larga carrera, no podía dejar de estarlo en el día decisivo. Sus horas postreras rebosan en calma, en confianza y en abandono. A la invitación del capellán para que ofrezca el sacrificio de su vida, responde: “Nada me cuesta, ¡hágase en todo la voluntad de Dios!” Maravilladas de su serenidad y sosiego, pregúntanle sus hijas si es feliz. «¡Que si soy feliz!» y su rostro se tornó radiante, parecía transparente como un alma que vuela al cielo, no cesando de unirse a su Amado por actos de fe y amorosas aspiraciones.”

En esa hora decisiva nadie se encontrará sobradamente puro ni bastante rico en méritos. Es verdad, mas nada hay de tanta eficacia como el Santo Abandono para hacer del todos fructuosa la suprema prueba. ¡Cuánto se gana soportando con una amorosa paciencia el duro trabajo de la destrucción, recibiendo de la mano de Dios con filial confianza el golpe de la muerte! Esto formará un magnífico haz de méritos añadidos a otros muchos, y éste será el más cargado de buen grano. Es además una ofrenda muy agradable a la justicia divina, y quizá una satisfacción suficiente por nuestros pecados. Según San Alfonso, “aceptar la muerte que Dios nos presenta para conformarnos con su voluntad, es merecer una recompensa parecida a la de los mártires: éstos no son reputados por tales, sino en cuanto han aceptado los tormentos y la muerte para agradar a Dios. El que muere conformándose con la divina Voluntad tiene una muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene una muerte más santa. […]

¿No será, al menos, un motivo de angustia dejar en el destierro, en los peligros, en la necesidad tal vez, todo lo que se ha amado después de Dios: su familia, su comunidad, seres queridos que habrán puesto su confianza en nosotros? La bienaventurada María Magdalena deja en el mayor desamparo una Congregación apenas fundada, “pero ella, que no había sido durante su vida sino el instrumento de la Providencia, muere sin preocupación por su Comunidad; no habiendo contado nunca con ningún brazo humano, en sus últimos momentos tampoco cuenta sino con el Señor”. A todos los que se ha amado según Dios, no se deja de amarlos en el cielo, lejos de esto, el afecto se hace más intenso y más puro, y se está mejor situado para velar sobre ellos y para manejar sus verdaderos intereses. ¿No es Dios el Soberano Dueño de su suerte? ¿Y quién será tan poderoso cerca de Él como un alma que no ha vivido sino de su amor, en una constante fidelidad para cumplir su voluntad significada, en un perfecto abandono a su beneplácito? El mismo nos ha declarado “que hará la voluntad de los que le temen, y que escuchará sus ruegos” (Ps. 144, 13) No hay palabra que más anime que ésta: hagamos la voluntad de Dios, y Él hará la nuestra; hagamos todos lo que Él quiere, que Él hará cuanto nosotros queramos. De ahí es de donde procede el poder de intercesión de las almas que viven en una amorosa y perfecta conformidad; ellas nada niegan a Dios y Dios no les negará nada a ellas. El poder de su oración en la tierra y en el cielo, estará siempre en relación con su grado de amor, de obediencia y de abandono; y si Dios se complace en glorificar algunas almas entre las mejores, no busquemos en otra parte la causa de su elección.

He aquí por qué santa Teresa del Niño Jesús es el gran taumaturgo de nuestros días. Al fin de su vida parece tener conciencia de su misión, cuyos secretos revela más de una vez: “Yo quiero pasar mi cielo haciendo bien sobre la tierra. Después de mi muerte haré caer una lluvia de rosas. Siento que mi misión va a comenzar, mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo y de manifestar mi pequeño camino a las almas. “¿Cuál es el pequeño camino que queréis enseñar?” “Es el camino de la infancia espiritual, es el camino de la confianza y del completo abandono.” Escuchemos ahora la razón que ella pone en primer término. “Yo no he dado a Dios sino amor. Él me devolverá amor. Él cumplirá todos mis deseos en el cielo, porque yo no he hecho jamás mi voluntad en la tierra.”

Terminemos por un rasgo que se encuentra en todas partes, pero que de un modo especial nos pertenece: pues el héroe es un hermano converso de nuestra Orden, el bienaventurado Aniano de Eberbach, y el narrador es también de los nuestros, el bienaventurado Cesáreo, Prior de Heisterbach. Vivía en el Monasterio de Eberbach un santo hermano que se distinguía sobre todos por la obediencia y simplicidad. Habíale Dios otorgado con tanta largueza el don de milagros, que con sólo tocar su cinturón o sus hábitos los enfermos sanaban de cualquier enfermedad. Maravillado de un favor tan singular, y no advirtiendo en este hermano señal alguna de santidad, preguntóle su Abad un día cómo explicaba que Dios hiciera tantos prodigios por su mediación. –No lo sé, respondió éste, porque ni oro, ni velo, ni trabajo más que mis hermanos; lo único que puedo decir es que en cualquier acontecimiento, próspero o adverso, adoro la voluntad de Dios. Tengo siempre un gran cuidado de querer en todas las cosas lo que Dios quiere, y Él me concede la gracia de conservar mi voluntad enteramente abandonada a la Suya. Ni me eleva la prosperidad, ni me abate la adversidad, porque todo lo recibo indiferentemente como de la mano de Dios, y el único fin de mis oraciones es que se cumpla perfectamente su santa voluntad en mí y en todas las criaturas. –Decidme, replicó el Abad, ¿no os turbasteis algo cuando el otro día una mano malvada incendió la granja, y destruyó nuestros medios de subsistencia? –No, Padre, muy por el contrario, he dado gracias a Dios, según mi costumbre en semejantes ocasiones, persuadido de que el Señor nada hace o permite que no redunde en su gloria y en mayor bien nuestro. Habida esta respuesta, que muestra tan perfecta conformidad con la voluntad de Dios, ya no se maravilló el Abad de que aquel religioso obrase tantos prodigios.

Tomado de la obra de Dom Vital Lehodey •”EL SANTO ABANDONO”, Segunda Edición, Ediciones RIALP, Madrid, 5 de Noviembre de 1981.

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