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DOCTRINA CATÓLICA SOBRE LA MADRE DE DIOS

LA VENERACIÓN DE LA MADRE DE DIOS

(Completo)

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Traducido del Catecismo de Spirago Clarke: Tratado de Explicación Exhaustiva de la Religión Católica, Año 1899, con re-edición y Nihil obstat Arthur Scanlan, STD, Imprimatur del Arzobispo Patrick Hayes, 1921.

Se hallan muchos ejemplos que recuerdan a la Madre de Dios en el Viejo Testamento. por ejemplo, Eva, la madre de toda la Humanidad; el Arca de Noé, por medio de la cual se preservó a la raza humana de la extinción; el Arca de la Alianza que contenía el maná; Judith, que degolló a Holofernes, el archienemigo de su pueblo; Esther, que fue exceptuada de la Ley universal (como María Santísma lo fue del pecado original); la madre de los Macabeos, que presenció la muerte de sus siete hijos, y cuyo corazón, como el de la Virgen María, fue atravesado por siete espadas, etc. Los Evangelios dan poca información sobre la vida de Nuestra Señora; podemos aprender más al respecto por las revelaciones de los Santos.

María, la Madre de Jesucristo es habitualmente llamada Madre de Dios o Santísima Virgen María

Santa Isabel fue la primera en llamar a María Madre de Dios (Lc i, 43). El Concilio de Éfeso, en 431, confirmó este título, Dei Genitrix, y condenó la doctrina contraria sostenida por el hereje Nestorio. María Santísima dio luz a Aquel Que es Dios y hombre en una misma persona. Un niño no recibe su alma de su madre, sino de Dios, pero aun así, aquella de quien nace se denomina su madre; de modo semejante, María Santísima es con justicia llamada la "Madre de Dios", si bien Cristo no derivó Su naturaleza divina de Ella. María Santísima es también correctamente llamada "La Santísima Virgen". Las palabras que dijo al Ángel anunciaron su determinación de preservar su virginidad inviolada (Lc I,34).

Mucho tiempo antes que lo hiciera el Profeta Isaías se anunció que una virgen concebiría y daría a luz un Hijo (Is. VII, 14). En su concepción, en su gestación y después del nacimiento de Jesús, María Santísima permaneció virgen. Así como el arbusto ardiente de fuego no se consumía, así la virginidad de María Santísima no se consumió; de modo que la virginidad de María Santísima no quedó dañada por el nacimiento de Cristo; así como Nuestro Señor se apareció en medio de los Apóstoles incluso cuando las puertas de la habitación en que se hallaban estaban cerradas, del mismo modo vino Él al mundo, y la castidad de Ella permaneció intacta. Así como el sol brilla a través del cristal sin modificar en absoluto al cristal. María Santísima es la ventana del Cielo a través de la cual la Verdadera Luz vino al mundo. Aquellos que los Evangelios llaman Hermanos de Cristo (Mat. xiii, 55) son parientes de sangre; se acostumbraba entre los Judíos denominar hermanos a los parientes cercanos. Abraham llamó así a su sobrino Lot (Gen. xiii, 8). "Si María Santísima hubiera tenido otros hijos que cuidaran de Ella, Nuestro Señor no la habría encomendado desde la Cruz", señala San Juan Crisóstomo, "al discípulo amado". Cristo fue llamado el "primogénito", para indicar el hecho de que Él había sido, en cumplimiento de la ley judaica, santificado al Señor (Exod. xiii, 2). Cristo fue, de hecho, el primer nacido de muchos hermanos (Rom. viii, 29); esto es, todo el pueblo Cristiano, que es, además, hijo de María Santísima. María fue desposada con José por orden de Dios, a fin de que no fuera lapidada después del nacimiento de Cristo, y también con el objeto de proporcionar un protector para Ella y su divino Hijo. El nombre de María en idioma hebreo significa doncella.

Damos mayor honor a María Santísima, la Madre de Cristo, que a ningún otro Santo.

Incluso durante su vida, María recibió grandes honores; en la Anunciación, el Ángel se dirigió a Ella como la "llena de gracia", y "bendita entre las mujeres" (Lc. i, 28). Es honor muy grande que un ángel se aparezca a hombres mortales y les conceda la oportunidad de demostrarle reverencia; pero en la Anunciación, no fue el hombre quien reverenció al angel, sino el Ángel quien reverenció al hombre. "De aquí", dice Santo Tomás de Aquino, "concluímos que María excede a los ángeles en dignidad." Con qué respeto se dirigió a Ella Santa Isabel; la llamó bendita, y le dio el título de Madre de su Señor (Lc.i, 42, 43). María Santísima misma predijo que sería venerada por la posteridad, pues dijo : "Por esto todas las generaciones ma llamarán bienaventurada" (Lc. i, 48).

La Iglesia nos invita a honrar a la Madre de Dios con especial devoción. El Avemaría es casi invariablemente agregada luego del Padrenuestro; tres veces al día el Angelus nos recuerda el misterio de la Encarnación y nos hace invocar el nombre de María; se han instituido muchas fiestas en su honor, las Letanías lauretanas se recitan en las ceremonias públicas de la Iglesia; el mes de Mayo, el más límpido del año, se dedica a Ella, y durante el mes de Octubre se recita diariamente el Rosario. Más aún, se han erigido en honor de la Madre de Dios innumerables iglesias en todos los continentes, y no pocas de ellas son renombrados lugares de peregrinación donde se obtienen señaladas gracias y favores. Ella recibe los más gloriosos títulos, como: Canal de la Gracia, Madre de Misericordia, Refugio de los Pecadores, Socorro de los Cristianos, Reina del Cielo, etc. Pero la veneración que damos a María Santísima es direrente de la adoración debida a Dios. A María Santísima le damos exaltado honor, pero solo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo es a quienes adoramos.

1- Guardamos tal veneeración a María Santísima porque ella es la Madre de Dios y nuestra Madre.

Quienquiera que ame verdaderamente a Dios debe con toda seguridad honrar a la Madre de Dios, y honrarla, además, muy por encima de los demás Santos, que son los amigos de Dios. El honor dado a la Madre y Reina se refleja sobre el Rey, su Hijo. Se puede juzgar la medida con que un hombre ama a Dios por su devoción a María Santísima. De hecho, cuanto más grande es el Santo, más intensamente ama a María Santísima. Ella es verdaderamente nuestra Madre, pues Nuestro Señor nos la dio sobre la Cruz cuando dijo a San Juan: "He ahí a tu Madre" (Jn. xix, 27), siendo Juan el que representa en el Calvario a todos los que son fieles a Cristo. María Santísima es la segunda Eva, la Madre de toda la Humanidad. Así como la desobediencia de Eva atrajo la desgracia sobre la raza humana, del mismo modo la obediencia de María Santísima la restaura a un estado de gracia. Por una mujer vino la muerte al mundo, y por otra, la vida. Y puesto que María Santísima es nuestra Madre, nuestra salvación es razón de preocupación para ella más que para ninguno de los demás Santos. Después de Cristo nadie se preocupa más por nosotros que Ella. San Bernardo declara que el amor de todas las madres del mundo no se equipara al amor que María tiene por cada uno de sus hijos. Y la razón por la cual ella cuida tanto de nosotros es por su amor a Dios; en consecuencia, su caridad hacia su prójimo excede la de ningún otro Santo. Así como la gloria de la luna supera la de las estrellas, así el amor de María Santísima por nosotros excede el de los Ángeles; es un oceáno infinito de amor. María Santísima conoce todas nuestras circunstancias; esto incluso lo hacen los ángeles (Lc. xv, 7), y no puede suponerse que ellos las conocen mejor que su propia Reina. Un hijo obediente se complace en estar con su madre, y el Cristiano devoto se alegra al dirigir a María Santísima, la Madre de Dios, sus súplicas amorosas.

2. Otra razón por la que María Santísima es tan altamente honrada en toda la Cristiandad es porque Dios la ha exaltado por encima de los hombres y de los Ángeles.

Los monarcas conceden privilegios a sus pueblos natales o a aquellos en los que fueron coronados; así, el Rey del Cielo ha conferido privilegios y prerrogativas especiales a la Madre que lo concibió.

María fue, en realidad, escogida por Dios para ser la Madre de Su HIjo, la preservó de la mancha del pecado original, la elevó gloriosamente de su tumba, y la coronó Reina de los Cielos.

Ningún ángel, ni siquiera el más perfecto y más grande de los huespedes celestiales, puede decir a Dios como puede decirlo María Santísima: "Tú eres mi Hijo". ¡Oh, maravilloso privilegio éste! María es ciertamente la Mater admirabilis, y esto, no solamente porque ella es al mismo tiempo Virgen y Madre, ni porque ella es Madre tanto de la creatura como del Creador, sino preeminentemente porque ella dio luz a Aquel que fue el autor del ser de Ella. María Santísima es el prodigio de los prodigios, y nada en el universo, excepto Dios, es más glorioso que Ella. María Santísima es la pureza sin mancha; su falta de pecado fue proclamada por primera vez por Dios en el Paraíso (Gen. iii,15), y después, por el Arcángel San Gabriel (Lc. i, 28). Dios dijo a la serpiente, "Ella te aplastará la cabeza". Si María Santísima hubiera sido concebida bajo el dominio del demonio por el pecado, ella posiblemente no podría ser su Vencedora. La salutación del Arcángel Gabriel fue "llena de gracia". La sola dignidad de Cristo exigía que que Su Madre estuviera completamente libre de pecado. Cuando Dios eleva a alguien a un puesto más elevado, lo prepara para él; y el Hijo de Dios, al elegir a María prar ser Su Madre, la hizo, por los dones de la gracia, perfecta para esta excelsa dignidad (Sto. Tomás de Aquino). Bien sabemos que ninguno que construya su casa para su propio uso, pondría primero a su mayor enemigo en posesión de ella; mucho menos el Espíritu Santo, Cuyo templo iba a ser María Santísima, iría a permitir que el maldito la hiciera suya.

Los Santos Padres de la Iglesia y los hijos de la Iglesia de todas las épocas, han otorgado a María Santísima el título de inmaculada tanto en sus escritos como en sus oraciones; y en 1854, el Santo Padre declaro su Inmaculada Concepción dogma de Fe. María fue por lo tanto librada del pecado original y del pecado actual (Concilio de Trento, 6, 23) ; a ella se la compara con el lirio entre espinas (Cant. ii, 2), a un espejo sin mancha (Sab. vii, 26). Ella adelantaba en perfección rápidamente y continuamente, como la vid (Ecl. xxiv, 23) que crece cada vez más alto, hasta que alcanza la altura del árbol al cual se liga. Ella avanzaba con absoluta rapidez porque estaba tan cerca de la fuente de toda gracia, y era el recipiente de mayores y más abundantes gracias que los demás hombres. María Santísima fue la más santa y más perfecta de las creaturas; y su santidad sobrepasó la de todos los demás Santos así como el brillo de la luz de la luna excede al de los planetas. Incluso desde los primeros instantes de su existencia, la santidad de María Santísima era mayor que la de los Santos más eminentes al fin de sus vidas. En razón de su preeminente santidad se la compara con la torre de David (Cant. iv, 4), que se elevaba con majestuoso señorío en la cima más alta de las colinas de Jerusalén. También se la llama Espejo de Justicia. De todos los seres creados, ninguno amó a Dios con tanta intensidad como María Santísima, ni le importó tan poco de las cosas de este mundo. Así como la acción del fuego hace que el hierro brille con el calor, así el Espíritu Santo inflamaba el Corazón de María con la caridad. En razón de su gran amor es que se la llama Casa de Oro. María fue adornada de toda virtud. Ella es la Rosa Mística, porque así como la rosa sobrepasa a las demás flores en la belleza de su colorido y la fragancia de su perfume, así María Santísima sobrepasaba a los Santos en la medida de su amor por Dios, y en el dulce aroma de sus virtudes.Ella es la reina de la que habla el salmista (S. xliv, 11), engarzada con los engastes de oro de la Caridad, rodeada de infinidad de virtudes. "Por esto", declara Suárez, "ella era más cara para Dios que todos los demás Santos juntos."

El cuerpo de la Bienaventurada Virgen María fue asunto gloriosamente al Cielo. Se dice que el Apóstol Santo Tomás, habiendo llegado a Jerusalén demasiado tarde para asistir a su sepelio, quiso ver sus restos en el sepulcro; pero cuando fue abierto no se hallo allí otra cosa que los lienzos mortuorios en los que su cuerpo había sido envuelto (Esta obra fue escrita antes de la promulgación del dogma de la Asunción gloriosa en cuerpo y alma de María Santísima, n.del T.). Catalina Emmerich en sus visiones asegura que Nuestra Bienaventurada Señora murió 48 años después de la muerte de Cristo, a la edad de 64 años. Habiendo ido de Éfeso a Jerusalén para seguir nuevamente los pasos de su Hijo en el Camino de la Cruz, cayó mortalmente enferma y murió de la pena; es por eso que su tumba está en Jerusalén. La fiesta de su Asunción se mantiene en toda la Iglesia y se celebra el 15 de Agosto. Nadie ha afirmado jamás tener una reliquia de su cuerpo. María brilla en el cielo con resplandor inigualable. El sol, la luna y las estrellas de nuestro sistema solar son símbolos de Cristo, de Su Madre y de los Santos. María Santísima es la Reina de los Ángeles, la Reina de Todos los Santos. De Ella más que de ninguna otra criatura aprendemos los atributos divinos. Muy especialmente vemos ilustrada en su gloriosa exaltación la bondad infinita de Dios, Quien eleva al hombre miserable desde el cieno, para que pueda colocarlo con los príncipes y elevarlo por encima de los coros de los espíritus celestiales (S.112, 7,8).

3. Finalmente, guardamos esta gran veneración por María Santísima a causa de que su intercesión es más poderosa ante Dios que la de ningun otro Santo.

La intercesión de María Santísima tiene inmenso poder frente a Dios. Cuando estaba en el mundo sus peticiones eran las que prevalecían con Cristo, como en las Bodas de Caná. Y si Cristo concedía todos los ruegos de Su Madre en esta tierra, cuánto más no lo hará en el Cielo. Cuando al General Coriolano no lo pudieron convencer el Senado y los sacerdotes de Roma para que retirara su ejército a la entrada de la ciudad, cedió a las súplicas de su madre Venturia, a pesar de saber hacerlo le costaría la vida. ¡Cuánto más Cristo, el gran Legislador escucha las súplicas de Su Madre! Si las oraciones de los Santos, sus siervos, tienen tanto poder con Dios, cuánto no han de tener las de Su Madre! Siendo los ruegos de una madre, son más una orden que una petición. San Bernardo afirma que María Santísima es omnipotente por medio de su intecesión; que nada existe que no pueda obtener por nosotros. Como ocurre en la corte de un rey terreno, que está seguro de obtener éxito aquel por quien intercede la reina misma, así en la corte del Rey de Reyes aquellos por quienes María Santísima, la Reina del cielo, ruega, no quedarán defraudados en sus deseos. Por esto, María Santísima es nuestra esperanza; porque por su intecesión esperamos procurar las bendiciones que nuestras pobres oraciones no puedan obtener. Es por ello que los Santos hablan de Ella como la dispensadora de gracias, porque todos los favores que recibimos del cielo nos vienen a través de sus manos. "Dios", dice San Pedro Damián, "no se convertiría en hombre hasta que María no diera su consentimiento, para que pudiéramos ver que la salvación de la humanidad quedaba en las manos de Ella." Ella permaneció a los pies de la Cruz para que pudiéramos saber que sin su mediación nadie podría haberse hecho partícipe de los méritos de la Sangre de Cristo. Dios Padre sanciona, Cristo concede y María distribuye los dones del Cielo a la humanidad. Es por esto que María Santísima es la Madre de la Divina Gracia. Ninguna oración que ella profiera queda sin respuesta. "¡Quién puede dudar" pregunta San Bernardo, "que el Hijo escucha a Su Madre --semejante Hijo a semejante Madre!" Recuérdese cómo el mismo Santo declara en el Memorare que nadie que implora la ayuda de María queda sin ser escuchado ni implora en vano. Incluso ni la menor y más breve oración a María queda sin recompensa; ella premia la más leve intención con las más ricas gracias. Cada vez que hacemos su saludo no deja de agradecerlo. Ella es la Virgen Clementísima. No existe el mínimo rasgo de severidad en Ella; Ella es toda clemencia, gentileza amorosa y dulzura. Sería ciertamente un error acercarse a ella con temor.

Desde tiempos inmemmoriales los cristianos se han habituado a recurrir a María en tiempos de aflicción y sufrimiento.

En el años 1863, cuando los turcos sitiaban Viena, tanto en la ciudad asediada como en todo el mundo cristiano se recitaba el Santo Rosario implorando el auxilio de la Madre de Dios, y el resultado fue una señalada victoria. Los cristianos particulares también apelan a la ayuda de María cuando los problemas privados los oprimen. Se la llama Auxilio de los Cristianos, Consoladora de los Afligidos, Salud de los Enfermos. Los cristianos recurren a ella en tiempo de enfermedades graves. Se recuerda de San Juan Damasceno, que cuando el califa enfurecido con él por haber escrito en defensa de la veneración de las imágenes, hizo que se le cercenara su mano, el Santo se prostró él mismo ante una estatua de Nuestra Señora y se curó inmediatamente. Hoy día, ¡qué numerosas son las curaciones en Lourdes! También se debe a María Santísima la conversión de muchos pecadores deseosos de enmendar sus vidas, porque sobre aquellos que la invocan se derrama la luz del Espíritu Santo. María Santísima es la Estrella de la mañana; así como aquel planeta anuncia la salida del sol, así la devoción a María Santísima es la precursora de la divina gracia, de la influencia del Espíritu Santo por la gracia. Se la compara al amanecer (Cant. vi, 9), porque así como las sombras de la noche se desvanecen ante el sol que se levanta, así el pecado abandona el alma que es devota de María.

El mes de Mayo (hemisferio norte, Primavera, n.d.t.) se dedica a Ella, porque la naturaleza se despierta a una nueva vida, y la devoción a María Santísima atrae vida nueva al alma muerta por el pecado.De ello es testigo la conversión milagrosa de la pecadora pública María de Egipto ante la imagen de nuestra Señora en la Iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén. María Santísima está siempre deseosa de obrar nuestra reconciliación con Dios, mucho más que ninguna madre terrena podría estarlo de establecer la paz entre dos miembros de su familia que estuvieran enemistados entre sí. Por medio de su intercesión, el enojo de Nuestro Señor se aplaca fácilmente. Alejandro el Grande dijo una vez: "Una sola lágrima de los ojos de mi madre podría hacerme olvidar todas mis declaraciones de guerra." Si un hombre, y un pagano hasta la médula como era, habla así de su madre, ¿que no podrá esperarse del Divino Hijo de María? Ella es el Refugio de los pecadores; la Madre de Misericordia; de ella como del árbol de olivo con el que se la compara (Ecl. xxiv, 19) fluye el balsámico aceite de la misericordia.

Ella es nuestra Mediadora; hacia ella huímos de la tentación; como los Judíos a su entrada a la Tierra Prometida (Núm. x, 35), y en sus guerras contra los Filisteos (1 Reyes, xiv) llevaban consigo el arca del Señor para asegurar la victoria, así por medio de María, Arca de la Alianza del Nuevo Testamento, somos hechos capaces de conquistar a nuestros enemigos espirituales. Así como la estrella guía al marino zarandeado por el mar tormentoso a un refugio seguro, así María Santísima nos guía en los océanos tempestuosos de la vida hacia el puerto celestial. A ella se la compara en las Escrituras a un platano plantado junto al camino (Eccl. xxiv, 19), porque así como el árbol pretege al caminante del sol y de la lluvia, así María Santísima protege a aquellos que se encomiendan a ella, de los asaltos del demonio. Para el enemigo de la humanidad ella es "terrible como un ejército en orden de batalla"(Cant. vi, 3). Se le han dado varios títulos a María Santísima para indicar las circunstancias en las cuales podemos invocar su auxilio y confiar en su socorro, tales como Madre del Perpetuo Socorro, Madre del Buen Consejo, Madre de los Dolores, etc.

La devoción a la Madre de Dios es un medio excelente de alcanzar la santidad aquí abajo y la felicidad eterna después

Nadie puede dejar de notar el afecto filial y la devoción que todos los Santos han demostrado hacia la Madre de Dios, y el éxito señalado con el cual Dios ha recompensado esta devoción de su parte. Entre los más prominentes de ellos se cuenta San Bernardo de Claraval, y en época posterior, San Alfonso María de Ligorio, el autor de las "Glorias de María". María Santísima es la puerta del Cielo; es una escala que conecta el Cielo y la Tierra, por la cual el Señor de los Cielos desciende hacia nosotros, y por la cual podemos nosotros ascender hasta Dios. San Alfonso declara estar convencido de que el infierno no puede vanagloriarse de albergar una sola alma que haya tenido verdadera y sincera devoción a María. San Bernardo afirma que aquellos que la honran cada día con toda seguridad se salvarán. San Francisco de Borja temía por la salvación de aquella alma que tuviera poca o ninguna devoción a María Santísima.

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Tag(s) : #DOCTRINA CATOLICA
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